domingo, 4 de agosto de 2013

El Ocaso De Nuestras Vidas

La muerte tiene muchas percepciones y puede desencadenar otro millar dependiendo el origen de los criterios,  sin embargo nadie está exento de sentir impotencia,  nostalgia y dolor ante la pérdida de un ser humano,   sin ser necesario compartir familiaridad alguna,  pues resulta nefasto para parientes  así como a seres alejados a ese cuadro. 

Solemos ser muy sensibles al fallecimiento de seres que quizás nunca llegamos a conocer bien        -peor aún-   de aquellos con los que nunca se intercambió siquiera una opinión sobre algún asunto aunque sea irrelevante.  Y es que hay casos que se nos presentan tan inesperados,  lúgubres,  ocultos,  escasos y algunas veces  hasta escalofriantes que llegamos a sentirnos identificados e incluso afectados por el desaparecimiento de personas lejanas a nuestro círculo social.

Esto no sucede por simple novelería,  ni por despertar ese minuto de fama para llamar la atención,  y aunque su respuesta se presente tan compleja como sencilla,  simplemente sucede porque somos seres humanos identificados a una causa,  con miedos,  temores,  caídas y demás percances que nos sensibilizan antes situaciones que nos llevan a pensar  “¿Y si hubiese sido yo?”,  o lo que es peor aún “¿Y si hubiese sido mi hermano,  mi padre o mi hijo?”.

Ahora,  una cosa es conmoverse ante el dolor y otra muy distante exagerar ante la pérdida…
 ¿Por qué todos los muertos son buenos?
Esto no representa un problema de orden social en que los familiares refieren a sus muertos en búsqueda de  la beatificación,  sino la necesidad de exaltar lo bueno para proliferar ese sentimiento de compasión ya que “Nadie es lo suficientemente malo para morir”.

Claro que mucho dependen de las circunstancias en las que actualmente le son arrebatadas la vida a las personas;  pero suponiendo el caso de decesos por causas naturales,  y que la muerte como palabra resulta fea y bizarra,  todos comentan,  pregonan y susurran en cada funeral lo feo que es morir.

¡Y sí!...  Ha de ser terrible esa transición en la que queda el cuerpo haciendo juego con vísceras en proceso de descomposición que nada tienen que ver con quien fue el ente que alguna vez suspiró cada sublime experiencia.   Pero,    ¡qué ser viviente  podría catalogar la muerte como fea!

¿Cuál es la necesidad de decir que el muertito era buena gente?
Sin ser psicóloga o médium o lo que sea que necesitase ser,  sugiero menester que las personas busquen honrar a su difunto,   promulgando lo bueno que era para inmortalizar hasta cierto punto a aquel pedazo de desecho orgánico sometido a cuatro planchas de madera.   Condicionando así a los amigos,  conocidos y hasta extraños a sentir la pérdida,  porque después de todo,  la muerte es un hasta siempre.

Claro que hay religiones que sugieren lo increíble que sería el hallarse con los familiares de todos los tiempos en un lugar donde el dolor no existe,  ni las necesidades les alcanzan;  pero eso sugiriendo que todos seamos buenitos y que vayamos juntos por el mismo camino.


Mi intención no es polemizar,  sino consolidar criterios por los acontecimiento vividos,  esperando que todos Uds.  Obtengan el diploma de honor y una hermosa lápida que recalqué lo maravilloso que eran de vivos;   aprovechando este singular momento para gestionar también los comentarios y así,  llegado el día digan lo muy linda,  bien portada y buena escritora que era… 



Después de todo es parte de la vida dramatizar y ensañarnos con lo que realmente es “EL REGALO DE LA MUERTE”.





De Durán pa el Mundo 
Socris

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