Solemos ser muy sensibles al fallecimiento de seres que quizás
nunca llegamos a conocer bien -peor aún- de
aquellos con los que nunca se intercambió siquiera una opinión sobre algún asunto
aunque sea irrelevante. Y es que hay
casos que se nos presentan tan inesperados,
lúgubres, ocultos, escasos y algunas veces hasta escalofriantes que llegamos a sentirnos
identificados e incluso afectados por el desaparecimiento de personas lejanas a nuestro círculo social.
Esto no sucede por simple novelería, ni por despertar ese minuto de fama para
llamar la atención, y aunque su
respuesta se presente tan compleja como sencilla, simplemente sucede porque somos seres humanos
identificados a una causa, con
miedos, temores, caídas y demás percances que nos sensibilizan
antes situaciones que nos llevan a pensar “¿Y si
hubiese sido yo?”, o lo que es peor
aún “¿Y si hubiese sido mi hermano, mi padre o mi hijo?”.
Ahora, una cosa es
conmoverse ante el dolor y otra muy distante exagerar ante la pérdida…
¿Por qué todos los
muertos son buenos?
Esto no representa un problema de orden social en que los
familiares refieren a sus muertos en búsqueda de la beatificación, sino la necesidad de exaltar lo bueno para
proliferar ese sentimiento de compasión ya que “Nadie es lo suficientemente
malo para morir”.
Claro que mucho dependen de las circunstancias en las que
actualmente le son arrebatadas la vida a las personas; pero suponiendo el caso de decesos por causas
naturales, y que la muerte como palabra resulta
fea y bizarra, todos comentan, pregonan y susurran en cada funeral lo feo
que es morir.
¡Y sí!... Ha de ser
terrible esa transición en la que queda el cuerpo haciendo juego con vísceras
en proceso de descomposición que nada tienen que ver con quien fue el ente que
alguna vez suspiró cada sublime experiencia. Pero, ¡qué ser viviente podría catalogar la muerte como fea!
¿Cuál es la necesidad de decir que el muertito era buena gente?
Sin ser psicóloga
o médium o lo que sea que necesitase ser,
sugiero menester que las personas busquen honrar a su difunto, promulgando lo bueno que era para inmortalizar
hasta cierto punto a aquel pedazo de desecho orgánico sometido a cuatro
planchas de madera. Condicionando así a
los amigos, conocidos y hasta extraños a
sentir la pérdida, porque después de
todo, la muerte es un hasta siempre.
Claro que hay religiones que sugieren lo increíble que sería
el hallarse con los familiares de todos los tiempos en un lugar donde el dolor
no existe, ni las necesidades les
alcanzan; pero eso sugiriendo que todos
seamos buenitos y que vayamos juntos por el mismo camino.
Mi intención no es polemizar, sino consolidar criterios por los
acontecimiento vividos, esperando que
todos Uds. Obtengan el diploma de honor y
una hermosa lápida que recalqué lo maravilloso que eran de vivos; aprovechando este singular momento para gestionar también los comentarios y así, llegado el día digan lo muy linda, bien portada y buena
escritora que era…
Después de todo es parte de la vida
dramatizar y ensañarnos con lo que realmente es “EL REGALO DE LA MUERTE”.
De Durán pa el Mundo
Socris

Me gusta mucho tus escritos Cristina felicidades
ResponderEliminarGracias Iliana :D Buen día, bendiciones!
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