El pasado sábado 29 de
junio, decenas de personas se congregaron
en la Av. 9 de Octubre con motivo de celebrar el Día del Orgullo Gay. Varias fueron las temáticas con las que se
revistieron los carros alegóricos que engalanaron esta marcha protagonizada por
la agrupación GLBTI, quienes al son de
música electrónica y sensuales movimientos atraparon las miradas de propios y
extraños, aprovechando la oportunidad para
fotografiarse con cada uno de los militantes de esta singular jornada.
El panorama se mostraba dividido
entre los que sonreían rebosantes de algarabía,
y los infaltables mediocres, mal educados y de neuronas reducidas que
vociferaron comentarios hirientes para aquellos quienes expresaban su sentir
mediante un pacífico desfile.
Es precisamente por esa razón que he arrastrado
hasta este lugar una de las frases del día que rezaba de la siguiente manera: “YO NO QUIERO UN HIJO GAY”.
Dios sabe cuán grande es la
ilusión que mantiene cualquier madre, que
consiste en concebir un pequeño o pequeña con quien disfrutar de la dicha de su
compañía y aquel placer inexplicable que llena el corazón, completamente independientemente de lo que represente
el amor de pareja, el amor de hijo y el
amor hacia los amigos, sentimiento que supera
todas las expectativas posibles.
Obligatoriamente he tomado la
posta… Pienso, analizo,
y por tanto asumo una pregunta que atrofia la poca materia gris que me quedan
intacta luego de tanto golpe que le he dado contra la vida y pregunto entonces
“¿Para qué he de querer un hijo o hija, travesti, transexual,
lesbiana -en resumen- con
preferencias diferentes a las mías?… ¿Para
qué?”
Que de ser así, raro,
extraño, un bicho para esta
sociedad atrevida y sobretodo subyugada por niveles tontos de prepotencia y de altos grados de
putrefacción que me señalan lo que debo considerar bueno o malo por delante de lo
que yo creo o pienso, y que apegándome
en guardar las apariencias y el buen nombre me harán aferrarme a la muy
"relevante" idea: “YO TAMPOCO QUIERO
UN HIJO GAY”.
Y ya que llegamos a este
punto, en el que no he de querer un hijo con tales "desviaciones", porque me falta valor para afrontar el reto de que el fruto de mi amor convertido en ser humano –por obra
de Dios- escoja por sí mismo sus caminos. Si no he de luchar para que su felicidad no
se vea atrofiada por comentarios retrogradas. Si no he de ser fuerte para luchar con él y
que sus anhelos no se quiebren y que no viva del qué dirán…
O para no ser
tan lejana, tan arcaica, tan llorona,
tan superficial y quizás hasta
más realista por mi situación actual... Si
no he de poder abrazar al amigo, o si no he de poder consolar a cualquier ser humano
que de mí amparo necesite por tener una apreciación diferente con respecto a
sus gustos, entonces…
NI SIQUIERA DEBIESE SER CONSIDERADA SER HUMANO,
JAMÁS PODRÍA DENOMINARME CRISTIANA,
Y YO TAMPOCO DEBERÍA PODER SER LLAMADA UN DÍA “MADRE”.
¿Quién nos ha acreditado el poder
para juzgar?
¿Quién ha sugerido siquiera
que los heterosexuales van al cielo?
¿Quién
ha de poder escoger el sexo o camino que sus hijos han de seguir?
Nadie está exento de ser
padre, hermano, incluso hijo de un Gay; personas comunes y corrientes que deben ser
tratadas con los mismos derechos y mismas oportunidades. Es tiempo de dejar los peyorativos para las
plagas y de renovar nuestro léxico, no
consientas con tu cuerpo si no es tu deseo hacerlo, pero no reprimas o por lo menos deja vivir. Tolera,
sé amable, dejemos de lado la
discriminación absurda.
Y si con todo lo dicho, no he causado más que repulsión, pues vale citar otro mensaje que quedo
impregnado en mis pupilas en aquel sábado:
“La homosexualidad no es una
enfermedad, la homofobia sí”.
¡Salud y provecho!


