jueves, 22 de diciembre de 2016

María



     Cuenta la historia que una hermosa pequeña de cabellos dorados y ojos saltones color marrón,  tenía un gusto particular por la Navidad y las pequeñas exquisiteces que se derivaban de la misma: el olor inconfundible que expide la mezcla entre la canela y las pasas,  el aroma a pan recién salido del horno, las lucecitas navideñas y su particular canto, inclusive el trinar de las aves emanaba una melodía que la envolvía en una alegría exorbitante.

     Sus manitas blancas dejaban entrever las cicatrices de una niñez bastante ajetreada.  Las uñas un tanto descuidadas,  resultaban ser criadero de gérmenes por aquellas aventuras preparando deliciosas tortillitas de lodo que eran la adoración de sus comensales imaginarios; así también era dueña de una amplia sonrisa nada perfecta,  pero significativamente enternecedora en su conjunto. Era huérfana de madre desde los 4 y a su padre aunque no lo conoció, se estaba al tanto que también había fallecido. 

     Todos los días de diciembre,  eran un digno escenario donde se podía sentir esa peculiar calidez,  que hacia una combinación perfecta con la suave brisa que emanaban los almendros ubicados en el portón del instituto en el que permanecía interna la pequeña María.  Su despertar  -cosa compleja-  era más anticipado que el canto del gallo somnoliento que vivía en el patio trasero.  María,  una vez de pie,  cumplía a la perfección con su mecanizada rutina: dirigirse al césped que rodeaba los sublimes almendros,  para acto seguido arrancarse las chanclas de un solo tirón y palpar la suavidad del pasto que conservaba las gotas del rocío de tan soñados días. 

     Debido a la desnutrición vivida durante sus primeros años de existencia, su estatura y peso no iban en armonía para alguien de su edad;  pero aunque era pequeñita en estatura,  tenía una vasta popularidad entre sus compañeritas de terapia,  a más de un gran don en cuestiones de costura y elaboración de tapetes… Claro está que no era experta y que sus obras iban acorde a sus conocimientos  -sin embargo-  no lo hacía nada mal pese a la ausencia de fundamentos.

     La tía Josefina era quien cuidaba y educaba a la niña permanentemente, una cincuentona muy jovial que laboraba paralelamente en un muy conocido centro hospitalario. Ella se había convertido en el pilar que necesitaba María para seguir viviendo su infancia al máximo. Arreglaba su habitación, le ayudaba a elegir su vestimenta, le enseñaba bordado en sus tiempos libres, y le arreglaba su larga y lisa cabellera a fin de que luciera siempre pulcra ante sus amigos.

     Los días pasaron con gran rapidez uno tras otro  -y sin darse cuenta-  la añorada “Noche Buena”, había llegado de sopletón. María despertó con su característica sonrisa,  besó a su tía como de costumbre, tomó su desayuno acompañada de sus vitaminas de siempre,  y al salir al área recreativa del instituto, encontró un pino que tenía colgando muchos adornos, entre ellos: botines, coloridas esferas plásticas,  una hermosa estrella dorada, y varios juegos de luces que abrazaban todo el instituto con melodía acorde a la época.

     Era un verdadero espectáculo, aún más considerando los montones de regalos que tenían los nombres de sus compañeritas grabados en las envolturas; todas ellas estaban acompañadas de tarjetas diseñadas con gran cautela, dibujadas y pinceladas con precisión. La emoción que se dibujaba en la carita de María era por demás enloquecedora, mientras abrazaba su cajita grisácea con suaves detalles de tono púrpura y largos listones color rosa;  esta tenía una llamativa tarjeta de un muñeco de nieve, lugar donde se había estampado un beso,  junto a una corta frase:
-       “Para María, mi eterna sobrinita. Te adora tu tía Josefina.” 

     Pasaban las horas y la tía Josefina lucía su más impecable vestido de color blanco, a fin de estar a la altura de las internas;  procedió a ubicarse en el recibidor, esperando a los familiares de todas y cada una de las niñas que están ingresadas allí;  motivo por el cual, las internas abandonaron sus uniformes desabridos, para posteriormente ataviarse con sus mejores galas. Nuestra chiquilla guardaba para la ocasión un celestial vestido cóctel elaborado en seda color verde lima y un perfecto acabado en tul y encaje en mangas y falda.  

     María como cualquier otra niña, se sentía una verdadera princesa con su vistosa vestimenta y se reflejaba dichosa en el espejo una y otra vez, sin embargo, sus ojos saltones no se encontraron en un breve instante.  Sobrecargándose de recuerdos, observó perpleja a aquella mujer de larga y no tan agolpada cabellera, cuyos ojos apagados hacían conjunto con una frente un tanto agrietada. La pequeña rubia se vio retenida brevemente en el cuerpo de una mujer que había abandonado hace casi 35 años. En un inexplicable santiamén, sonríe la dama y retorna la niña,  sin embargo algo empezó a recabar lo más hondo de su alma, como quien tiene un leve recuerdo que la hace feliz, pero sin asimilar lo que realmente significa tan maravilloso sueño en su interior. La tía Josefina nota el proceso por el que pasó María,  y va de inmediato con el Doctor de cabecera.
Con el paso de las horas, asomaron tres jóvenes de clara cabellera y fina contextura, quienes fueron redirigidos por la tía Josefina hacia la oficina del encargado de los progresos de María, mismo que sin dar tantas vueltas les comenta la positiva mejoría que habría tenido su allegada al recobrar su lucidez brevemente.

     Al cabo de poco rato,  María estaba rodeada de sus amigas de tertulias durante la cena que se desarrollaba en el Instituto Psiquiátrico donde se hallaba internada, luciendo reluciente su novísimo vestido que hacía juego con su angelical sonrisa; mientras que sus tres hijos, la observaban desde el otro lado de la habitación,  con lágrimas que se vertían sobre sus rostros, deseando que sus anhelados “Sueños de Navidad “de tener de vuelta a su madre María, se concedan una vez más en un día como hoy.




Con amor,  para quien me dio la mejor madre del mundo,   abuelita 
María .