Cuenta la historia que una hermosa pequeña de cabellos
dorados y ojos saltones color marrón,
tenía un gusto particular por la Navidad y las pequeñas exquisiteces que
se derivaban de la misma: el olor inconfundible que expide la mezcla entre la
canela y las pasas, el aroma a pan
recién salido del horno, las lucecitas navideñas y su particular canto, inclusive
el trinar de las aves emanaba una melodía que la envolvía en una alegría
exorbitante.
Sus manitas blancas dejaban entrever las cicatrices de una
niñez bastante ajetreada. Las uñas un
tanto descuidadas, resultaban ser
criadero de gérmenes por aquellas aventuras preparando deliciosas tortillitas
de lodo que eran la adoración de sus comensales imaginarios; así también era
dueña de una amplia sonrisa nada perfecta,
pero significativamente enternecedora en su conjunto. Era huérfana de
madre desde los 4 y a su padre aunque no lo conoció, se estaba al tanto que también
había fallecido.
Todos los días de diciembre, eran un digno escenario donde se podía sentir
esa peculiar calidez, que hacia una
combinación perfecta con la suave brisa que emanaban los almendros ubicados en
el portón del instituto en el que permanecía interna la pequeña María. Su despertar
-cosa compleja- era más
anticipado que el canto del gallo somnoliento que vivía en el patio
trasero. María, una vez de pie, cumplía a la perfección con su mecanizada
rutina: dirigirse al césped que rodeaba los sublimes almendros, para acto seguido arrancarse las chanclas de
un solo tirón y palpar la suavidad del pasto que conservaba las gotas del rocío
de tan soñados días.
Debido a la desnutrición vivida durante sus primeros años
de existencia, su estatura y peso no iban en armonía para alguien de su
edad; pero aunque era pequeñita en
estatura, tenía una vasta popularidad entre
sus compañeritas de terapia, a más de un
gran don en cuestiones de costura y elaboración de tapetes… Claro está que no
era experta y que sus obras iban acorde a sus conocimientos -sin embargo- no lo hacía nada mal pese a la ausencia de
fundamentos.
La tía Josefina era quien cuidaba y educaba a la niña
permanentemente, una cincuentona muy jovial que laboraba paralelamente en un
muy conocido centro hospitalario. Ella se había convertido en el pilar que
necesitaba María para seguir viviendo su infancia al máximo. Arreglaba su
habitación, le ayudaba a elegir su vestimenta, le enseñaba bordado en sus
tiempos libres, y le arreglaba su larga y lisa cabellera a fin de que luciera
siempre pulcra ante sus amigos.
Los días pasaron con gran rapidez uno tras otro -y sin darse cuenta- la añorada “Noche Buena”, había llegado de
sopletón. María despertó con su característica sonrisa, besó a su tía como de costumbre, tomó su
desayuno acompañada de sus vitaminas de siempre, y al salir al área recreativa del instituto, encontró
un pino que tenía colgando muchos adornos, entre ellos: botines, coloridas
esferas plásticas, una hermosa estrella
dorada, y varios juegos de luces que abrazaban todo el instituto con melodía
acorde a la época.
Era un verdadero espectáculo, aún más considerando los montones
de regalos que tenían los nombres de sus compañeritas grabados en las
envolturas; todas ellas estaban acompañadas de tarjetas diseñadas con gran cautela,
dibujadas y pinceladas con precisión. La emoción que se dibujaba en la carita
de María era por demás enloquecedora, mientras abrazaba su cajita grisácea con suaves
detalles de tono púrpura y largos listones color rosa; esta tenía una llamativa tarjeta de un muñeco
de nieve, lugar donde se había estampado un beso, junto a una corta frase:
- “Para
María, mi eterna sobrinita. Te adora tu tía Josefina.”
Pasaban las horas y la tía Josefina lucía su más impecable
vestido de color blanco, a fin de estar a la altura de las internas; procedió a ubicarse en el recibidor, esperando
a los familiares de todas y cada una de las niñas que están ingresadas
allí; motivo por el cual, las internas abandonaron
sus uniformes desabridos, para posteriormente ataviarse con sus mejores galas.
Nuestra chiquilla guardaba para la ocasión un celestial vestido cóctel
elaborado en seda color verde lima y un perfecto acabado en tul y encaje en
mangas y falda.
María como cualquier otra niña, se sentía una verdadera
princesa con su vistosa vestimenta y se reflejaba dichosa en el espejo una y
otra vez, sin embargo, sus ojos saltones no se encontraron en un breve instante. Sobrecargándose de recuerdos, observó perpleja
a aquella mujer de larga y no tan agolpada cabellera, cuyos ojos apagados hacían
conjunto con una frente un tanto agrietada. La pequeña rubia se vio retenida brevemente
en el cuerpo de una mujer que había abandonado hace casi 35 años. En un inexplicable
santiamén, sonríe la dama y retorna la niña,
sin embargo algo empezó a recabar lo más hondo de su alma, como quien
tiene un leve recuerdo que la hace feliz, pero sin asimilar lo que realmente
significa tan maravilloso sueño en su interior. La tía Josefina nota el proceso
por el que pasó María, y va de inmediato
con el Doctor de cabecera.
Con el paso de las horas, asomaron tres jóvenes de clara cabellera
y fina contextura, quienes fueron redirigidos por la tía Josefina hacia la
oficina del encargado de los progresos de María, mismo que sin dar tantas
vueltas les comenta la positiva mejoría que habría tenido su allegada al
recobrar su lucidez brevemente.
Al cabo de poco rato,
María estaba rodeada de sus amigas de tertulias durante la cena que se desarrollaba
en el Instituto Psiquiátrico donde se hallaba internada, luciendo reluciente su
novísimo vestido que hacía juego con su angelical sonrisa; mientras que sus tres
hijos, la observaban desde el otro lado de la habitación, con lágrimas que se vertían sobre sus rostros,
deseando que sus anhelados “Sueños de Navidad “de tener de vuelta a su madre
María, se concedan una vez más en un día como hoy.
Con amor, para quien me dio la mejor madre del mundo, abuelita
María .
