domingo, 30 de junio de 2013

YO TAMPOCO QUIERO UN HIJO GAY


El pasado sábado 29 de junio,  decenas de personas se congregaron en la Av. 9 de Octubre con motivo de celebrar el Día del Orgullo Gay.  Varias fueron las temáticas con las que se revistieron los carros alegóricos que engalanaron esta marcha protagonizada por la agrupación GLBTI,   quienes al son de música electrónica y sensuales movimientos atraparon las miradas de propios y extraños,  aprovechando la oportunidad para fotografiarse con cada uno de los militantes de esta singular jornada.

El panorama se mostraba dividido entre los que sonreían rebosantes de algarabía,  y los infaltables  mediocres,  mal educados y de neuronas reducidas que vociferaron comentarios hirientes para aquellos quienes expresaban su sentir mediante un pacífico desfile. 

 Es precisamente por esa razón que he arrastrado hasta este lugar una de las frases del día que rezaba de la siguiente manera: “YO NO QUIERO UN HIJO GAY”.

Dios sabe cuán grande es la ilusión que mantiene cualquier madre,  que consiste en concebir un pequeño o pequeña con quien disfrutar de la dicha de su compañía y aquel placer inexplicable que llena el corazón,   completamente independientemente de lo que represente el amor de pareja,  el amor de hijo y el amor hacia los amigos,  sentimiento que supera todas las expectativas posibles.  

Obligatoriamente he tomado la posta…  Pienso,  analizo,  y por tanto asumo una pregunta que atrofia la poca materia gris que me quedan intacta luego de tanto golpe que le he dado contra la vida y pregunto entonces “¿Para qué he de querer un hijo o hija,  travesti,  transexual,  lesbiana  -en resumen-   con preferencias diferentes a las mías?…  ¿Para qué?” 
Que de ser así,  raro,  extraño,  un bicho para esta sociedad atrevida y sobretodo subyugada por niveles tontos de prepotencia y de altos grados de putrefacción que me señalan lo que debo considerar bueno o malo por delante de lo que yo creo o pienso,  y que apegándome en guardar las apariencias y el buen nombre me harán aferrarme a la muy "relevante" idea:  “YO TAMPOCO QUIERO UN HIJO GAY”.

Y ya que llegamos a este punto,  en el que no he de querer un hijo con tales "desviaciones",  porque me falta valor para afrontar el reto de que el fruto de mi amor convertido en ser humano –por obra de Dios-    escoja por sí mismo sus caminos.  Si no he de luchar para que su felicidad no se vea atrofiada por comentarios retrogradas.  Si no he de ser fuerte para luchar con él y que sus anhelos no se quiebren y que no viva del qué dirán…  
O para no ser tan lejana,  tan arcaica,  tan llorona,  tan superficial  y quizás hasta más realista por mi situación actual...  Si no he de poder abrazar al amigo, o si no he de poder consolar a cualquier ser humano que de mí amparo necesite por tener una apreciación diferente con respecto a sus gustos,  entonces…


YO TAMPOCO DEBIESE GOZAR DEL PRIVILEGIO DE SER DENOMINADA AMIGA,
NI SIQUIERA DEBIESE SER CONSIDERADA SER HUMANO,
JAMÁS PODRÍA DENOMINARME CRISTIANA,
Y YO TAMPOCO DEBERÍA PODER SER LLAMADA UN DÍA “MADRE”.


¿Quién nos ha acreditado el poder para juzgar?  
¿Quién ha sugerido siquiera que los heterosexuales van al cielo?  
¿Quién ha de poder escoger el sexo o camino que sus hijos han de seguir?

Nadie está exento de ser padre,  hermano,  incluso hijo de un Gay;  personas comunes y corrientes que deben ser tratadas con los mismos derechos y mismas oportunidades.  Es tiempo de dejar los peyorativos para las plagas y de renovar nuestro léxico,  no consientas con tu cuerpo si no es tu deseo hacerlo,  pero no reprimas o por lo menos deja vivir.  Tolera,  sé amable,  dejemos de lado la discriminación absurda.





Y si con todo lo dicho,  no he causado más que repulsión,  pues vale citar otro mensaje que quedo impregnado en mis pupilas en aquel sábado:

“La homosexualidad no es una enfermedad,  la homofobia sí”.


¡Salud y provecho!




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