En las grandes ciudades es muy común dejarnos llevar por el apuro en que
nos somete la actividad diaria en la que estamos involucrados. Horas de horas en cuatro paredes, invernando y engordando por la mala
alimentación y despreocupación que existe por nuestra parte; sin embargo y como variante a esta
disyuntiva, hay sectores en el que el
día empieza mucho antes de que el gallo cante,
donde el trabajo físico resulta fatigador sin exclusividad de género y
su paga es apenas lo suficiente para subsistir.
Hace casi un año, Dios y la vida me
dieron la oportunidad de vincularme en un proyecto en pos de socializar una
propuesta a comunidades de la Amazonía con el objetivo de instalar una
hidroeléctrica en la Provincia de Morona Santiago, involucrando a tres comunidades que
constituían un elemento clave para la aprobación de tremendo proyecto.
Las maletas habían sido desempacadas y el trabajo debía empezarse. Importunamos a mucha gente con la finalidad
de encontrar dirigentes, de compartir
nuestro proyecto, de buscar la forma
para a ellos llegar; siendo así como en
un momento determinado, tuvimos que irrumpir
a una pareja que cumplía con su faena laboral en sus pequeños cultivos, ya que
era imperativo para mi compañera de viaje como para mí, realizar una inducción del tema a tratar; más aún cuando la señora contactada era la secretaria
de una de las comunidades que nos habían destinado como parte del trabajo.
La consultora para la que laboraba en aquel entonces, nos facilitó un taxi - camioneta como
instrumento de trabajo para realizar las gestiones pertinentes y localizar a
quién o quiénes pudieran vincularnos con demás integrantes de las comunidades. Fue
así como embarcamos a esta pareja y nos dirigimos hacia la Comunidad de Pununás para coordinar
con los ejes claves.
El tramo a recorrer era realmente hermoso,
observaba embelesada la espesa vegetación que lo inundaba todo y que dejándome llevar por tremendo paisaje
selvático, me impulsó a preguntar a mis acompañantes, si de bajarme en aquel lugar me comería algún
león… ¡Vaya! Sólo luego entendí que de esos peligros ellos
ya no temen, puesto que la señora que
viajaba conmigo consideraba necesario el aprovechar mi visita para preguntarme
quiénes aspiraban gobernar el país; momento
en que mi idea asombrosa de leones hambrientos se vio confrontada con sus
incógnitas referentes a quiénes eran los candidatos presidenciales, qué proponían y a qué lista pertenecían, ya que en un par de meses se darían los sufragios
respectivos.
La camioneta nos llevó hasta una iglesia de construcción de madera, donde un cura llevaba a cabo una misa en dos
lenguas, por motivo que se avecinaba
la Navidad. Entre los asistentes habían alrededor
de 12 pequeños de cabello lacio y nombres bastantes curiosos. Unos vestían botas plásticas para evadir el
lodo que azotaba en aquel sector y otros no gozaban de ese privilegio entallando
sus pies en el fango que producía la humedad y la tierra. A unos pasos más allá, había un
pequeño cementerio que le era útil a ésta y la comunidad de donde habíamos
venido. En conclusión, todo era un pequeño valle rodeado por grandes
árboles, enredaderas, lomas,
pero sobretodo lodo.
Al reunirnos con los asistentes en la casa comunal y proponer el proyecto con
el objetivo de lograr su aceptación a cambio de contribuir con alguna promesa
de mejora para los habitantes, las
reacciones fueron muy salidas de la línea de la cordura y la amabilidad.
Luego de varios minutos tratando de mediar,
consideramos mejor callar para que ellos expresasen su sentir, pues tenían tanta indignación guardada que su
malestar más que resultarnos una piedra al paso, nos dio la base para comprender el por qué tal
indisposición, entendiendo por el abrazo
de despedida de una de las señoras del lugar, que no era nuestra presencia el motivo de su
ira, sino el conocer que con el tiempo
muchos habían hecho el mismo viaje y habían pagado con daños a sus tierras sin
remunerar en nada las tragedias sufridas.
Pasamos de socializar a ser socializadas... Pregunté por su hogar, por agua
potable, por servicios higiénicos, por maternidades, por educación. Las respuestas fueron muy tristes, sobretodo para mí, que me creí en una época
mala en mi vida personal como profesional,
y luego de sus respuestas me vi cacheteada por las bendiciones que había
recibido y que por tenerlas a diario no había notado.
Sus hogares son -en los mejores de
los casos- parecidas a las casitas del Cristo del
Consuelo. No existe agua potable, el río es su fuente de vida. Quien puede,
traslada a su niño a la comunidad
de junto para que estudie. No hay
hospitales. Ellas son parteras, todas y cada una han aprendido a serlo. Sus necesidades biológicas las hacen en un
lugar lejano, pero nunca de noche por
temor a que les pique alguna serpiente. En
estas comunidades no tienen taxis, no
existe ruta de buses, obviando la
posibilidad de tener un auto propio; por
ello pregunté como hacían para trasladar sus enfermos y fue grave su respuesta
cuando simplemente me dijeron que no lo hacían,
ellos se atienden a sí mismos con
medicinas naturales hasta mejorar - y de ser necesario- hasta
que alguien pueda a pie llegar a la vía, en una ruta de más de 6 km para conseguirle un
transporte al enfermo.
Continuando con nuestra aventura,
decidimos dividirnos para trabajar desde diferentes puntos, así que mi compañera me dejó a cargo de la
pareja que ya nos había sido muy útil en el transcurso del día. Terminada la tarea, Don Pedro me invitó a su hogar donde Doña
Julia expresó que no podía irme con el estómago vacío, acto seguido procedieron a disculparse por la “comida de pobre” que
iban a brindarme. No pude más que
sonreír, asegurando que yo no perdonaba
ningún plato que me pasase por delante;
sin embargo mi imaginación me quedo corta al tratar de imaginar los alimentos
que ellos digieren.
En la espera de que el almuerzo esté listo,
le comentaba lo maravilloso que sería para mí conocer un shuar y
lo emocionada que estaba por verlos, por
hablarles, por saber de su lengua y su
forma de vida.
Don Pedro viéndome tan ilusa pregonó:
“Señorita,
yo soy Shuar”.
La verdad me dejó estupefacta y muy
avergonzada, tratando de convencerlo que mi incredulidad yacía en que esperaba que sus
casas fuesen circulares, sus cabelleras
largas, y de vestimenta más tradicional.
Reconstruyo mis pensamientos de aquel entonces, y evoco mi entusiasmo de saberme frente a
frente con un Shuar, sin embargo en medio de mi ignorancia no percibí que estaba
rodeada de personas que integran este grupo étnico y que se encuentran ya
adheridos a ciertas costumbres de nosotros los del otro lado. No obstante,
aún hay grupos que se mantienen en aislamiento y que soy muy feroces al
momento de defender su gente y su territorio.
Llegada la hora se pusieron dos platos en la mesa, frente a mí estaba Don Pedro, mientras que Doña Julia prefirió permanecer
de pie cual árbitro en nuestro centro.
Cuatro tubérculos enormes
-parecidos al camote pero de color claro- eran el plato del día, servidos con un par de huevos cocidos que compraron por
mi llegada, sal al gusto y un vaso que contenía una infusión de agua de
hojas de naranjas. Parte de mi promesa fue acabar con todo lo que estuviese destinado para
alimentarme, pero no pude siquiera con
el primero de aquellos tubérculos pues cayeron muy pesados a mi estómago que
está acostumbrado a maltratarse con los feroces alimentos que la gran ciudad me
otorga, por lo que procedí a disculparme
mil veces mil por mi llenura extrema e inmediata.
Compartíamos entonces la mesa y aún recuerdo como entre risas me enseñaban
palabras y frases shuar de las que mi memoria no recuerda muchas en su
traducción, siendo una de ellas… “Coma
pronto todo Señorita”… Lástima que mi memoria no haya hecho más por mí y por
guardar parte de esos conocimientos.
Me fui con la promesa de visitarlos el año entrante si es que el trabajo
así lo ameritaba, pero me fue
imposible. Recuerdo como Doña Julia
corrió a presentarme a su hija de 16 años “Yaona” -cuyo significado es Estrella- para que se haga “mi amiga”, y así un día la “Señorita” le enseñe a su
adolescente hija la gran urbe llamada Guayaquil... Fue hasta mayo de este año que Don Pedro me contactó, pues había aprovechado un trabajito realizado
y del que había obtenido un dólar para saber de mí, pues yo a ellos no puedo contactarlos por la
falta de tecnología celular en la comunidad donde habitan. Fue grato saber que aquel número es guardado
por personas con las que sólo pude compartir un par de horas, y que pese a sus años mantienen una inocencia
increíble pero de inteligencia desmedida.
Sé que esta
experiencia no es, ni se asemeja a lo
que es el Yasuní, sin embargo resulta
ilógico que el actual Presidente haya expresado que no se le puede consultar a
quienes viven a lado de la reserva si se da o no la explotación, porque considera que no pueden decidir entre
lo que tienen por lo que tendrán.
Una de las
personas de aquel grupo, y de las más fieras que consultamos en ese entonces, me dijo claramente que ellos se conocían bien y
que si alguien se desvía del buen camino, ellos sabrán tomar los correctivos
necesarios… Que nuestra civilización lo que les lleva es
violadores, muertes y destrucción, trasladándome a una cruda pero muy real
verdad.
¿Es posible
entonces que incluso tomando todo el dinero,
más de lo que se produjese por el 1 por 1000, se podría ayudar a toda la Amazonia sin tener
la difícil decisión de escoger a dedo cuáles son las comunidades que necesitan
más de la ayuda gubernamental?
¿Es viable invadir el territorio de aquellos grupos que permanecen en aislamiento voluntario, a cambio de su supuesto bienestar?
Como yo lo
visualizo... El aporte que podría recibir
el gobierno por la explotación del Yasuní,
apenas bastaría para subsanar el daño que le causemos al mismo. Quedaremos en
cifras rojas ya que la inversión en el daño es mucho más notoria que la
ganancia que se obtendría.
La A
mazonia nos necesita,
pero no a cambio de más daño, o a quién de Uds. les bastaría un par de dólares si no se tiene casa y
tranquilidad para habitarla.