domingo, 25 de agosto de 2013

Ella

Echado e inmóvil permanecía sobre aquel sofá que contenían un par de colillas del cigarrillo que había consumido la noche anterior.  Las marcas en mi boca y parte del brazo,  fueron las cicatrices que quedaron luego del enfrentamiento que mantuve con aquella fiera que a mi casa había accedido a ingresar.

Marcaban las 20:30 PM de ayer y no tenía mayor plan para hacer de este fin de semana algo prometedor.  Tomé una ducha de agua fría,  una camisa de cuadros y un jean para dar una vuelta.  Ingresé a un bar olvidado,  cercano al fin del mundo, para tomar un trago en honor a otro viernes que finalizaba sin emoción alguna.

Allí estaba ella,  nada peinada,  poco maquillada,  pero de tal imponencia que su mirada hacía sucumbir a cualquier ser.  Dueña de un espectacular escote que dejaba entrever la parte posterior de su torso nada despreciable. 

Continúe fatigado mi trago,  frío como la noche,  efervescente como mi alma,   para luego posar aquella copa vacía sobre la barra, acompañado de una generosa propina para aquel que me sirvió una bebida y un espectáculo extraordinario con el mirar de esa mujer.

Camino a mi hogar,  la encontré en una esquina... Greñuda y descubierta aún con ese maravilloso escote,  apagando su cigarro con aquel tacón empinado que vestía.  Pretendía acompañarla a casa,  por ello sonreí mostrando amabilidad,  ella aportó a la conversación con un guiño sutil de su ojo derecho para entablar el inicio de un vinculo del tercer tipo.

Era una noche despejada,  caminábamos juntos  -y sin mayor explicación-  optó por tomar mi brazo para continuar,  al rato le ofrecí un tercer cigarro y algo de fuego para quién había aceptado ser mi compañía sin proponerselo.  

No hablábamos mucho,  apenas y conocía su nombre,  después de todo como preludio habíamos cumplido,  pues la atracción no nos permitió el entablar una larga conversación...  Abrí el cerrojo oxidado que aseguraba la puerta de mi departamento con ella a cuestas,  para minutos después desprenderla de ese camisón que destilaba el aroma de cítricos y maderos que enloquecieron mis sentidos;  y como devolución ella me tomó incansable sobre este sofá que hasta ayer no había sido tan útil.

Su lengua se tornó imparable,  sus labios no era nada que yo hubiese probado en esta vida.  Una especie de elixir que brotaban de cada beso,  mismo que desenfrenaban y alteraban mis latidos.

Recorrí cada centímetro de su cuerpo,  era una reserva inexplorada y majestuosa que hacían de mí una bestia cautiva.  Su melena,  su espalda desnuda,  su cejas pobladas,  su pelvis pequeña,  sus dedos imperfectos,  su respirar agitado,  sus mordidas certeras...  Arrancó en un santiamén,  la camisa que mi madre me había obsequiado,  moviéndose al compás de mis latidos,  realmente toda ella era una cosa asombrosa.

Me arrastró hasta la ducha,   se regocijó  sobre mí  sin desviar su mirada ni un minuto de mis ojos.  La arranqué de aquel que parecía su hábitat y la envolví luego en una toalla marfil para ubicarla nuevamente sobre ese mueble que fue testigo de todos y cada uno de los movimientos que nos sacudió por interminables minutos,  dejándose caer adormecida sobre mi pecho ya entrado el amanecer.

Una cortina que permanecía semi abierta me anunció la llegada del nuevo día,  pero sus negros ojos ya no me pertenecían,  presentí entonces que lo vivido sólo se había alucinado,  no obstante,  una nota sobre la mesa bosquejaba una leve sonrisa en mí:

"Gracias por los cigarrillos,  la próxima cajetilla la pongo yo"






viernes, 23 de agosto de 2013

Amazonízate


En las grandes ciudades es muy común dejarnos llevar por el apuro en que nos somete la actividad diaria en la que estamos involucrados.  Horas de horas en cuatro paredes,  invernando y engordando por la mala alimentación y despreocupación que existe por nuestra parte;  sin embargo y como variante a esta disyuntiva,  hay sectores en el que el día empieza mucho antes de que el gallo cante,  donde el trabajo físico resulta fatigador sin exclusividad de género y su paga es apenas lo suficiente para subsistir.

Hace casi un año,  Dios y la vida me dieron la oportunidad de vincularme en un proyecto en pos de socializar una propuesta a comunidades de la Amazonía con el objetivo de instalar una hidroeléctrica en la Provincia de Morona Santiago,  involucrando a tres comunidades que constituían un elemento clave para la aprobación de tremendo proyecto.

Las maletas habían sido desempacadas y el trabajo debía empezarse.  Importunamos a mucha gente con la finalidad de encontrar dirigentes,  de compartir nuestro proyecto,  de buscar la forma para a ellos llegar;  siendo así como en un momento determinado,  tuvimos que irrumpir a una pareja que cumplía con su faena laboral en sus pequeños cultivos, ya que era imperativo para mi compañera de viaje como para mí,  realizar una inducción del tema a tratar;  más aún cuando la señora contactada era la secretaria de una de las comunidades que nos habían destinado como parte del trabajo.




La consultora para la que laboraba en aquel entonces,  nos facilitó un taxi - camioneta como instrumento de trabajo para realizar las gestiones pertinentes y localizar a quién o quiénes pudieran vincularnos con demás integrantes de las comunidades. Fue así como embarcamos a esta pareja y nos dirigimos hacia la Comunidad de Pununás para coordinar con los ejes claves. 

El tramo a recorrer era realmente hermoso,  observaba embelesada la espesa vegetación que lo inundaba todo y que dejándome llevar por tremendo paisaje selvático,  me impulsó a  preguntar  a mis acompañantes,  si de bajarme en aquel lugar me comería algún león…  ¡Vaya!  Sólo luego entendí que de esos peligros ellos ya no temen,  puesto que la señora que viajaba conmigo consideraba necesario el aprovechar mi visita para preguntarme quiénes aspiraban gobernar el país;  momento en que mi idea asombrosa de leones hambrientos se vio confrontada con sus incógnitas referentes a quiénes eran los candidatos presidenciales,  qué proponían  y a qué lista pertenecían,  ya que en un par de meses se darían los sufragios respectivos.

La camioneta nos llevó hasta una iglesia de construcción de madera,  donde un cura llevaba a cabo una misa en dos lenguas,  por motivo que se avecinaba la Navidad.  Entre los asistentes habían alrededor de 12 pequeños de cabello lacio y nombres bastantes curiosos.  Unos vestían botas plásticas para evadir el lodo que azotaba en aquel sector  y  otros no gozaban de ese privilegio entallando sus pies en el fango que producía la humedad y la tierra. A unos pasos más allá,  había un pequeño cementerio que le era útil a ésta y la comunidad de donde habíamos venido.  En conclusión,  todo era un pequeño valle rodeado por grandes árboles,  enredaderas,  lomas,   pero sobretodo lodo. 

Al reunirnos con los asistentes en la casa comunal y proponer el proyecto con el objetivo de lograr su aceptación a cambio de contribuir con alguna promesa de mejora para los habitantes,  las reacciones fueron muy salidas de la línea de la cordura y la amabilidad.

Luego de varios minutos tratando de mediar,  consideramos mejor callar para que ellos expresasen su sentir,  pues tenían tanta indignación guardada que su malestar más que resultarnos una piedra al paso,  nos dio la base para comprender el por qué tal indisposición,  entendiendo por el abrazo de despedida de una de las señoras del lugar,  que no era nuestra presencia el motivo de su ira,  sino el conocer que con el tiempo muchos habían hecho el mismo viaje y habían pagado con daños a sus tierras sin remunerar en nada las tragedias sufridas.

Pasamos de socializar a ser socializadas...  Pregunté por su hogar,  por agua potable,  por servicios higiénicos,  por maternidades,  por educación.  Las respuestas fueron muy tristes,  sobretodo para mí, que me creí en una época mala en mi vida personal como profesional,  y luego de sus respuestas me vi cacheteada por las bendiciones que había recibido y que por tenerlas a diario no había notado.
Sus hogares son  -en los mejores de los casos-   parecidas a las casitas del Cristo del Consuelo.  No existe agua potable,  el río es su fuente de vida.  Quien puede,   traslada a su niño a la comunidad de junto para que estudie.  No hay hospitales.  Ellas son parteras,  todas y cada una han aprendido a serlo.  Sus necesidades biológicas las hacen en un lugar lejano,  pero nunca de noche por temor a que les pique alguna serpiente.  En estas comunidades no tienen taxis,  no existe ruta de buses,  obviando la posibilidad de tener un auto propio;  por ello pregunté como hacían para trasladar sus enfermos y fue grave su respuesta cuando simplemente me dijeron que no lo hacían,  ellos se atienden a sí mismos con  medicinas naturales hasta mejorar  - y de ser necesario-   hasta que alguien pueda a pie llegar a la vía,  en una ruta de más de 6 km para conseguirle un transporte al enfermo.

Continuando con nuestra aventura,  decidimos dividirnos para trabajar desde diferentes puntos,  así que mi compañera me dejó a cargo de la pareja que ya nos había sido muy útil en el transcurso del día.  Terminada la tarea,  Don Pedro me invitó a su hogar donde Doña Julia expresó que no podía irme con el estómago vacío,  acto seguido procedieron a disculparse por la “comida de pobre” que iban a brindarme.  No pude más que sonreír,  asegurando que yo no perdonaba ningún plato que me pasase por delante;  sin embargo mi imaginación me quedo corta al tratar de imaginar los alimentos que ellos digieren. 

En la espera de que el almuerzo esté listo,  le comentaba lo maravilloso que sería para mí conocer un shuar y lo emocionada que estaba por verlos,  por hablarles,  por saber de su lengua y su forma de vida. 
Don Pedro viéndome tan ilusa pregonó:
  “Señorita,  yo soy Shuar”. 

La verdad me dejó estupefacta y muy avergonzada,  tratando de convencerlo  que mi incredulidad yacía en que esperaba que sus casas fuesen circulares,  sus cabelleras largas,  y de vestimenta más tradicional.

Reconstruyo mis pensamientos de aquel entonces,  y evoco mi entusiasmo de saberme frente a frente con un Shuar,  sin embargo en  medio de mi ignorancia no percibí que estaba rodeada de personas que integran este grupo étnico y que se encuentran ya adheridos a ciertas costumbres de nosotros los del otro lado.  No obstante,  aún hay grupos que se mantienen en aislamiento y que soy muy feroces al momento de defender su gente y su territorio.

Llegada la hora se pusieron dos platos en la mesa,  frente a mí estaba Don Pedro,  mientras que Doña Julia prefirió permanecer de pie cual árbitro en nuestro centro.  Cuatro tubérculos enormes    -parecidos al camote pero de color claro-  eran el plato del día,  servidos  con un par de huevos cocidos que compraron por mi llegada,  sal al gusto  y un vaso que contenía una infusión de agua de hojas de naranjas.  Parte de mi promesa fue acabar con todo lo que estuviese destinado para alimentarme,  pero no pude siquiera con el primero de aquellos tubérculos pues cayeron muy pesados a mi estómago que está acostumbrado a maltratarse con los feroces alimentos que la gran ciudad me otorga,  por lo que procedí a disculparme mil veces mil por mi llenura extrema e inmediata. 

Compartíamos entonces la mesa y aún recuerdo como entre risas me enseñaban palabras y frases shuar de las que mi memoria no recuerda muchas en su traducción,  siendo una de ellas… “Coma pronto todo Señorita”… Lástima que mi memoria no haya hecho más por mí y por guardar parte de esos conocimientos.

Me fui con la promesa de visitarlos el año entrante si es que el trabajo así lo ameritaba,  pero me fue imposible.  Recuerdo como Doña Julia corrió a presentarme a su hija de 16 años “Yaona”  -cuyo significado es Estrella-   para que se haga “mi amiga”,  y así un día la “Señorita” le enseñe a su adolescente hija la gran urbe llamada Guayaquil...  Fue hasta mayo de este año que Don Pedro me contactó,  pues había aprovechado un trabajito realizado y del que había obtenido un dólar para saber de mí,  pues yo a ellos no puedo contactarlos por la falta de tecnología celular en la comunidad donde habitan.  Fue grato saber que aquel número es guardado por personas con las que sólo pude compartir un par de horas,  y que pese a sus años mantienen una inocencia increíble pero de inteligencia desmedida.

Sé que esta experiencia no es,  ni se asemeja a lo que es el Yasuní,  sin embargo resulta ilógico que el actual Presidente haya expresado que no se le puede consultar a quienes viven a lado de la reserva si se da o no la explotación,  porque considera que no pueden decidir entre lo que tienen por lo que tendrán.

Una de las personas de aquel grupo,  y de las más fieras que consultamos en ese entonces,  me dijo claramente que ellos se conocían bien y que si alguien se desvía del buen camino, ellos sabrán tomar los correctivos necesarios…   Que nuestra civilización lo que les lleva es violadores,  muertes y destrucción,  trasladándome a una cruda pero muy real verdad.

¿Es posible entonces que incluso tomando todo el dinero,  más de lo que se produjese por el 1 por 1000,  se podría ayudar a toda la Amazonia sin tener la difícil decisión de escoger a dedo cuáles son las comunidades que necesitan más de la ayuda gubernamental?

¿Es viable invadir el territorio de aquellos grupos que permanecen en aislamiento voluntario,  a cambio de su supuesto bienestar?

Como yo lo visualizo...  El aporte que podría recibir el gobierno por la explotación del Yasuní,  apenas bastaría para subsanar el daño que le causemos al mismo.  Quedaremos en cifras rojas ya que la inversión en el daño es mucho más notoria que la ganancia que se obtendría.   

La Amazonia nos necesita,  pero no a cambio de más daño,  o a quién de Uds.  les bastaría  un par de dólares si no se tiene casa y tranquilidad para habitarla.
















sábado, 17 de agosto de 2013

Me todo

Cuando te miro…
¡Ay de mí si tus ojos diviso!
Me ofusco, 
Me enternezco,
y me ablando hasta delirar.

Cuando te toco…
¡Dios se apiade de mi alma si rozarte logro!
Me erizo, 
Me nublo, 
Me sereno,
Y sucumbo al andar.

Cuando te beso…
¡Pobre de mí si tus labios cerca tengo!
Me perturbo, 
Me desconecto, 
Me agito, 
Me inquieto
Y otra luna como aquella me invitas a añorar.

Cuando te marchas…
¡Que me falte el aire,  pero no te vayas!
Me destroza,
Me irrita,
Me mata,
Me dobla,
Me desarma,
Me limita,
Destruyendo todo lo bueno que pudo sembrar.


 Y es que
Me gusta,
Me aniquila,
Me enfada,
Me destruye,
Me arma,
Me todo,

¡Pero no me ama!


domingo, 4 de agosto de 2013

El Ocaso De Nuestras Vidas

La muerte tiene muchas percepciones y puede desencadenar otro millar dependiendo el origen de los criterios,  sin embargo nadie está exento de sentir impotencia,  nostalgia y dolor ante la pérdida de un ser humano,   sin ser necesario compartir familiaridad alguna,  pues resulta nefasto para parientes  así como a seres alejados a ese cuadro. 

Solemos ser muy sensibles al fallecimiento de seres que quizás nunca llegamos a conocer bien        -peor aún-   de aquellos con los que nunca se intercambió siquiera una opinión sobre algún asunto aunque sea irrelevante.  Y es que hay casos que se nos presentan tan inesperados,  lúgubres,  ocultos,  escasos y algunas veces  hasta escalofriantes que llegamos a sentirnos identificados e incluso afectados por el desaparecimiento de personas lejanas a nuestro círculo social.

Esto no sucede por simple novelería,  ni por despertar ese minuto de fama para llamar la atención,  y aunque su respuesta se presente tan compleja como sencilla,  simplemente sucede porque somos seres humanos identificados a una causa,  con miedos,  temores,  caídas y demás percances que nos sensibilizan antes situaciones que nos llevan a pensar  “¿Y si hubiese sido yo?”,  o lo que es peor aún “¿Y si hubiese sido mi hermano,  mi padre o mi hijo?”.

Ahora,  una cosa es conmoverse ante el dolor y otra muy distante exagerar ante la pérdida…
 ¿Por qué todos los muertos son buenos?
Esto no representa un problema de orden social en que los familiares refieren a sus muertos en búsqueda de  la beatificación,  sino la necesidad de exaltar lo bueno para proliferar ese sentimiento de compasión ya que “Nadie es lo suficientemente malo para morir”.

Claro que mucho dependen de las circunstancias en las que actualmente le son arrebatadas la vida a las personas;  pero suponiendo el caso de decesos por causas naturales,  y que la muerte como palabra resulta fea y bizarra,  todos comentan,  pregonan y susurran en cada funeral lo feo que es morir.

¡Y sí!...  Ha de ser terrible esa transición en la que queda el cuerpo haciendo juego con vísceras en proceso de descomposición que nada tienen que ver con quien fue el ente que alguna vez suspiró cada sublime experiencia.   Pero,    ¡qué ser viviente  podría catalogar la muerte como fea!

¿Cuál es la necesidad de decir que el muertito era buena gente?
Sin ser psicóloga o médium o lo que sea que necesitase ser,  sugiero menester que las personas busquen honrar a su difunto,   promulgando lo bueno que era para inmortalizar hasta cierto punto a aquel pedazo de desecho orgánico sometido a cuatro planchas de madera.   Condicionando así a los amigos,  conocidos y hasta extraños a sentir la pérdida,  porque después de todo,  la muerte es un hasta siempre.

Claro que hay religiones que sugieren lo increíble que sería el hallarse con los familiares de todos los tiempos en un lugar donde el dolor no existe,  ni las necesidades les alcanzan;  pero eso sugiriendo que todos seamos buenitos y que vayamos juntos por el mismo camino.


Mi intención no es polemizar,  sino consolidar criterios por los acontecimiento vividos,  esperando que todos Uds.  Obtengan el diploma de honor y una hermosa lápida que recalqué lo maravilloso que eran de vivos;   aprovechando este singular momento para gestionar también los comentarios y así,  llegado el día digan lo muy linda,  bien portada y buena escritora que era… 



Después de todo es parte de la vida dramatizar y ensañarnos con lo que realmente es “EL REGALO DE LA MUERTE”.





De Durán pa el Mundo 
Socris