En un olvidado pueblo vecino
-ubicado junto a la Gran Metrópolis-
vivía una pequeña huérfana que oscilaba los 8 años de edad. Sus amigos la llamaban Meche. Su piel era blanca y cristalina como las
gota del rocío, delgada pero vigorosa, de cabellera rubia y unos
inigualables ojos redondeados y dulces como la miel.
Meche se despertaba a diario con el cantar de un gallo perteneciente
a una cabaña cercana, que hacía las
veces de despertador. Esa era la señal para que ella empiece a recorrer
las calles en espera de encontrar migajas para poder digerir algo en lo que va
del día.
Meche vivía desde los
6 años y medio en aquella desaliñada cueva junto al río Guayas.
Ella fue abandonada al nacer y tiempo después fue designada
a un hogar sustituto; sin embargo la
figura paterna que le había mostrado esa pequeña experiencia no fue muy
agradable, ya que a su corta edad había
sido golpeaba despiadadamente al no mostrar la madurez que le exigía su
progenitor suplente. Sin embargo, la madre de la que gozó en aquella
época, siempre le brindo cariño y le inculcó el buen hábito
de la lectura , mas ese amor no podía cubrir la cuota de golpes que le propinaba aquel sujeto que nunca comprendió que tan sólo era una niña que gustaba pasar sus horas soñando.
Junto a ella viven unos ocurrentes gemelos de apenas 5
años, Diego Andrés y Diego
Alejandro, que se integraron como
inquilinos a aquella humilde morada hace 8 meses. La historia de ellos comienza y termina con
el fallecimiento de su única pariente,
su madre.
Debido a la escasez de dinero y a las deudas que su madre
mantenía antes de morir, su hogar fue puesto en venta - y
por temor a que fuesen separados tras la disputa- emprendieron la huida con la finalidad de
mantenerse unidos hasta que alguno de ellos partiese al encuentro de su amada
madre, pues se habían prometido no separarse jamás.
Diego Andrés es un pequeñín muy valiente y pilas, pues su edad no es obstáculo para que él
confronte el día a día con el coraje y la determinación que sólo él posee. Una actitud envidiable para muchos adultos
que no han logrado superar temores y limitaciones absurdas.
Por otra parte está Diego Alejandro, bastante sensible y con miedos propios a su
infancia. Práctico, paciente y buen amigo, sin embargo hay algo que no le permite ser
tan libre como quisiera, pues tiene
ceguera congénita. No obstante, ha desarrollado hábilmente otras capacidades,
constituyéndose en pieza fundamental y creativa de la familia que estas tres
criaturas han formado.
Meche acudía siempre a puntos públicos con la esperanza de
poder tomar las sobras que otros no apreciaban, y obtener lo suficiente para ella
y los pequeños hermanitos que la vida le había dado. Fue así
como visitaba diariamente una escuela que quedaba a media hora desde donde ella residía.
Un día, totalmente
disipada de su objetivo, quedó
enmudecida al oír de una de las maestras un cuento que cariñosamente leía a los
niños del salón. Mil recuerdos de su
madre sustituta vinieron a su mente,
mientras la profesora narraba cálidamente aquella historia.
Una señora que vivía cerca, la había observado varias veces vagabundear por el sector, así fue como un día sin reparos se le acercó
y la cuestionó sobre su familia. Meche sólo
sonrío tímidamente y divagando respondió que su madre estaba trabajando.
-¡Hola!
Soy Aurora, dijo sonriendo
aquella señora de dulce mirar.
-Soy Meche,
contestó la pequeña. A la vez que
doblaba ligeramente sus rodillas como señal de saludo.
La afectuosa señora le extendió un libro de cuentos que tenía en su portada un enorme dragón con
efectos de relieve.
-¿Sabes leer Meche?, preguntó Doña Aurora.
-¡Sí!,
claro que sí. Dijo efusiva la
infanta.
Así fue como Meche partió alegremente, de brinco en brinco, de salto en salto, entre risas y gritos de emoción hacia su
cueva que fungía las veces de hogar con sus pequeños gemelos tan queridos y
defendidos por ella, con el amor que
sólo podría ser comparado con el de una madre.
Meche abrió el libro,
al tiempo que se servían de las migajas que surtían el efecto de ser el manjar
del día y procedió a leerles a los chiquillos aquel cuento que les ayudó a
terminar con una enorme sonrisa su particular cena,
a la vez que muchas preguntas surgieron de la imaginación de los
pequeñines a partir de aquella lectura:
- Meche,
¿Por qué los dragones pueden lanzar fuego por la boca?, preguntó impactado Diego Andrés.
- Meche, cierto
que los dragones no pueden tomar agua porque se les apaga el fuego, afirmaba muy convincente Diego Alejandro.
Meche sólo tomaba nota en una hoja de periódico sucia en
espera de que alguien le pudiese ayudar a resolver las dudas de los gemelitos
terribles que le llenaban de alegría su vida de adulta, aunque en realidad era una pequeña más.
Al día siguiente,
Meche despertó tan temprano como siempre, pero esta vez acudió primero a la escuela en
espera de poder zafar sus dudas.
Esta vez Doña Aurora,
había acudido hasta ella con un trozo de pastel, el mismo que Meche no quiso devorar todo
pensando en los pequeñitos que la aguardaban hambrientos. La amable señora la liberó de dudas a
Meche; no obstante, Aurora sabía que algo no funcionaba
correctamente con la niña.
Entonces decidió seguirla y aventurándose ingreso a la cueva, descubriendo el gran secreto de Meche. Los tres hermosos pequeños su corazón se
ganaron, y Aurora –sin mayor
complicación- les ofreció un hogar para que puedan
habitar, cobijas calientes para abrigar
sus cuerpecillos y comida hasta saciarse.
Meche no quería -ni
podía- arriesgarse.
Mas una larga platica mantuvo con Aurora y después de pactar con ella, la amable señora procedió a adoptarlos
legalmente, educarlos con amor y dedicación, pero por sobretodo les brindó un verdadero hogar.
Siendo así como el pequeño Diego Andrés se volvió amante de
las historias de príncipes heroicos y de gallardos corceles; Diego Alejandro recibió educación en Braille y ahora duerme
fascinado cada noche con un cuento diferente;
mientras que Meche puede -plácidamente-
vivir su infancia engriendo y cuidando a sus amados gemelos y a su
–ahora- abnegada madre Aurora.