Llegará el día de amar sin temor a pérdidas,
De calmar ese vaivén de emociones y ese río de reproches
desbordado por la intriga,
En un santiamén se irán los fantasmas huraños,
En aquel sutil instante de besar
cicatrices subsanadas con los años,
Y de elevar los latidos imperecederos de un pecho que con
honra, hará llamarse mío.
De olvidarse de largas y caóticas conversaciones con la
almohada,
Y suprimir el envío inútil de aquellos besos malgastados
en el vacío,
La austera luna tendrá a bien alumbrarnos,
Sugiriendo al destino que su aturdidor juego ha culminado,
Y que continúe su camino con otro borrego melindroso.
Tengo fe en que soy parte de la osamenta arrancada de un
buen hombre,
Dichosa estoy por conocer lo prometido que pronto llega,
Caminando firme me eternizo por el desierto sendero,
Aquí, bajo este mismo
cielo, dedicando estas líneas disipadas,
En que el Todopoderoso me comenta que pronto encontrarán ¡Al
Fin!, a aquel a quien han sido dedicadas.
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