domingo, 17 de junio de 2012

LA MAGIA DEL SIGLO XXI




Año 1999  -con apenas 1.55 de estatura-   asistía a primero de secundaria en un pequeño pueblo del Manso Guayas. 
El sistema  computacional era parcamente alcanzable para los hogares.

Aquellas tardes soleadas pintaban un enorme sendero hacia las planas bibliotecas.
Incluso viviendo allí  -sumergida entre libros, polillas y algo de polvo-   el resultado era siempre insatisfactorio, originando la fatigosa tarea de buscar entre bazares,  una lámina que respalde la limitada información.
En más de una ocasión,  basándome en unas cuantas líneas, argumenté conceptos inexistentes para extender exposiciones,   que únicamente la actitud podía disimular entre tanta falencia.

Caía la noche y los noticieros no frescos  -pero tan puntuales-   unilaterales,   y en horarios poco atractivos para los estudiantes,  hacían que eluda ese tipo de derecho que decidí no ejercer en aquel entonces.

Para la vida y sus efectos,  el mundo sigue en su rutinaria marcha.
Nos enfrentamos a un 2012 más tecnológico,  los servicios de internet son accesibles y hasta indispensables.   Compartimos ideas,  páginas,  información relevante, simultánea,  caduca y a tiempo real.
Disfruto de mi derecho al acceso a la información, a la libertad para poder expresar mis pensamientos,  a formar parte de calurosos debates,  incluso  a ser una pequeña pieza para ayudas sociales  -donde el calor humano se hace sentir-  pues realmente es increíble como este medio puede ayudar  a conseguir desde una farmacia para hallar escasas medicinas hasta mover masas en apoyo  a alguna injusticia suscitada.

Es así  como se ganan “Amigos y Seguidores”,   personajes con las que realmente se puede entablar largas conversaciones.
Hasta “Trolls y Haters”,  que hacen de este mundo  una forma polémica y poco aburrida de vida virtual.  Y es precisamente en esta parte de mi escrito, donde agradezco no tenerlos  -o por lo menos-   no considerarlos como tal, todavía. 
Su papel consiste en hacer la vida de cuadritos a quien por delante se le cruce.  Acoso exclusivo  y en banda ancha.

Hay una zona grisácea en todo esto,  y es que grandes fortunas arrastran resultados óptimos como catastróficos.
Es una magnífica herramienta cuando se trata de plantear conversaciones con personas que se nos es imposible tener cerca,  además de la facilidad con la que gozamos al averiguar datos que no  corresponden a nuestra localidad o generación.
 Y como si fuese poco,    conozco casos de quienes han entablado hasta relaciones sentimentales por esta vía.
….
¿No me creen?
Novios cibernautas,  parejas ciberespaciales, hijos de carne y hueso…
De todo da la viña del Señor.
¡Y sé que más de uno de Ustedes lo ha comprobado!
….

El internet ha roto esquemas,  acorta distancias   -y obviamente-   nos ha vuelto una sociedad bastante cómoda,  pues nos esforzamos menos por visitar a familiares,  afianzar relaciones personales   -y porque no decirlo-  ser más humanos.

No tocamos puertas en busca de trabajo,  ni tampoco otorgamos abrazos personalmente.  Todos y cada uno de nuestros movimientos,  se limitan a sentarnos detrás de un computador y enviar  besos electrónicos y abrazos pixeleados.

¿Por qué generalizo?
Porque también he sido víctima de abrazos y mails que simbolizan un encuentro cercano,   sin serlo.

Ahora…
¿Qué tanto confiamos en desconocidos?
¿Cuánta apertura damos en referencia a nuestra vida personal?
¿Qué tan confiable resulta el medio en este vaivén de información?

El internet ha arrimado el hombro para que muchos desequilibrados jueguen con nuestros sueños,  donde no solo podemos perder dinero y dignidad,  sino también la vida. 
Como experiencia propia y  en el tamaño de mis sueños,  apliqué alguna vez para ser partícipe de una producción que   -supuestamente-  se daría en un canal muy conocido,  donde se me cuestionó  que tan grandes eran mis ganas por formar parte del proyecto y que “tan bien” me podía portar con los ejecutivos…
 Irrefutablemente,  mis ganas fueron y siguen siendo tan colosales como mi imaginación me lo permite.  Pero hay aspectos en la vida,  que no merecen  ni siquiera el mínimo de nuestra atención.
Es responsabilidad propia cuidar de nuestra integridad,  identificando a los problemas con tiempo y  a la distancia adecuada;
Empecemos a hacer que se respeten los derechos a la intimidad, maniobremos nuestras publicaciones de forma correcta,  e impidamos convertirnos en mercancía frágil y de fácil acceso entre millares de pixeles. 

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