Año 1999 -con apenas 1.55 de estatura- asistía a primero de secundaria en un pequeño
pueblo del Manso Guayas.
El
sistema computacional era parcamente
alcanzable para los hogares.
Aquellas
tardes soleadas pintaban un enorme sendero hacia las planas bibliotecas.
Incluso
viviendo allí -sumergida entre libros,
polillas y algo de polvo- el resultado
era siempre insatisfactorio, originando la fatigosa tarea de buscar entre
bazares, una lámina que respalde la limitada
información.
En más de una
ocasión, basándome en unas cuantas
líneas, argumenté conceptos inexistentes para extender exposiciones, que únicamente la actitud podía disimular
entre tanta falencia.
Caía la noche
y los noticieros no frescos -pero tan
puntuales- unilaterales, y en horarios poco atractivos para los
estudiantes, hacían que eluda ese tipo
de derecho que decidí no ejercer en aquel entonces.
Para la vida
y sus efectos, el mundo sigue en su
rutinaria marcha.
Nos
enfrentamos a un 2012 más tecnológico,
los servicios de internet son accesibles y hasta indispensables. Compartimos ideas, páginas,
información relevante, simultánea,
caduca y a tiempo real.
Disfruto de
mi derecho al acceso a la información, a la libertad para poder expresar mis
pensamientos, a formar parte de
calurosos debates, incluso a ser una pequeña pieza para ayudas sociales -donde el calor humano se hace sentir- pues realmente es increíble como este medio
puede ayudar a conseguir desde una
farmacia para hallar escasas medicinas hasta mover masas en apoyo a alguna injusticia suscitada.
Es así como se ganan “Amigos y Seguidores”, personajes con las que realmente se puede
entablar largas conversaciones.
Hasta “Trolls
y Haters”, que hacen de este mundo una forma polémica y poco aburrida de vida
virtual. Y es precisamente en esta parte
de mi escrito, donde agradezco no tenerlos
-o por lo menos- no
considerarlos como tal, todavía.
Su papel
consiste en hacer la vida de cuadritos a quien por delante se le cruce. Acoso exclusivo y en banda ancha.
Hay una zona
grisácea en todo esto, y es que grandes
fortunas arrastran resultados óptimos como catastróficos.
Es una
magnífica herramienta cuando se trata de plantear conversaciones con personas
que se nos es imposible tener cerca,
además de la facilidad con la que gozamos al averiguar datos que no corresponden a nuestra localidad o
generación.
Y como si fuese poco, conozco casos de quienes han entablado
hasta relaciones sentimentales por esta vía.
….
¿No me creen?
Novios
cibernautas, parejas ciberespaciales,
hijos de carne y hueso…
De todo da la
viña del Señor.
¡Y sé que más
de uno de Ustedes lo ha comprobado!
….
El internet
ha roto esquemas, acorta distancias -y obviamente- nos ha vuelto una sociedad bastante
cómoda, pues nos esforzamos menos por
visitar a familiares, afianzar
relaciones personales -y porque no
decirlo- ser más humanos.
No tocamos
puertas en busca de trabajo, ni tampoco
otorgamos abrazos personalmente. Todos y
cada uno de nuestros movimientos, se
limitan a sentarnos detrás de un computador y enviar besos electrónicos y abrazos pixeleados.
¿Por qué
generalizo?
Porque
también he sido víctima de abrazos y mails que simbolizan un encuentro
cercano, sin serlo.
Ahora…
¿Qué tanto
confiamos en desconocidos?
¿Cuánta
apertura damos en referencia a nuestra vida personal?
¿Qué tan
confiable resulta el medio en este vaivén de información?
El internet
ha arrimado el hombro para que muchos desequilibrados jueguen con nuestros
sueños, donde no solo podemos perder
dinero y dignidad, sino también la vida.
Como
experiencia propia y en el tamaño de mis
sueños, apliqué alguna vez para ser partícipe
de una producción que
-supuestamente- se daría en un
canal muy conocido, donde se me
cuestionó que tan grandes eran mis ganas
por formar parte del proyecto y que “tan bien” me podía portar con los
ejecutivos…
Irrefutablemente, mis ganas fueron y siguen siendo tan
colosales como mi imaginación me lo permite.
Pero hay aspectos en la vida, que
no merecen ni siquiera el mínimo de
nuestra atención.
Es
responsabilidad propia cuidar de nuestra integridad, identificando a los problemas con tiempo
y a la distancia adecuada;
Empecemos a
hacer que se respeten los derechos a la intimidad, maniobremos nuestras
publicaciones de forma correcta, e
impidamos convertirnos en mercancía frágil y de fácil acceso entre millares de
pixeles.


No hay comentarios:
Publicar un comentario