domingo, 16 de abril de 2017

#16A





     
L
a culpable era aquella dulce sonrisa  con la que me galanteó por vez primera;   sin duda fue un trabajo limpio y sin errores que había sido ejecutado con total éxito.  Aún recuerdo aquella mañana lluviosa de mayo en la que llegué a su ciudad;  el viaje fue bastante largo,  pero mis ansias por cerrar un negocio eran tales,  que escasamente dormí un par de horas.  Una vez en la estación,  cepillé mis dientes,  procedí a limpiar minuciosamente mi rostro con agua al ambiente que heló cada nervio de mi ser,  agarré con carácter aquella rebelión que se había levantado sobre mi cabeza,  y aún con náuseas por la sacudida nocturna de tan incómodo viaje,  caminé unas cuadras hasta donde conocería a aquel que actuaría como analgésico de mis males,  molestias y dolores.
    



     Quien creyera que ese primer y único cruce formal de manos,  sería el inicio de algo que sobrepasaría nuestros propios planes.  No podría expresar cómo el tiempo habría conspirado a nuestro favor y apenas en un santiamén,  allí estaba casi desvanecida,  apoyando mi cabeza en su regazo mientras besaba mi frente y agarraba mi mano,  hablándome lo que había sido su laboriosa semana;  en tanto que yo,  mantenía mis ojos abiertos cual pórticos,  prestando amplia atención a su voz firme,  su capacidad de puntuar con esmero cada una de las expresiones,  mismas que hacían alarde de su no tan básico léxico. 

     Ocultamente siempre quise alcanzar aquellas cualidades y hacerlas propias,  deseaba añadirle un título a su tan común nombre,  quería garantizar que su vida transcurriría junto a la mía hasta el final de los tiempos,  soñaba con hablarle a mis amigas del descubrimiento realizado,  y ya había empezado a ahorrar para aquella foto que nos tomaríamos en el sillón del parque,  pensando en ubicarla en el recibidor de nuestro futuro hogar.

     El tiempo me regaló desbordantes alegrías.  Vi crecer su entusiasmo por planificar nuestras vidas cada dos meses,  por concebir nombres creativos a cada hijo felpudo,  por reconocer en nuestras miradas la complicidad de las pequeñas cosas,  por tomar elecciones pensando en los gustos de la otra persona;  sin duda,  era una mezcla que calaba positivamente lo más hondo de mi ser y despertaba en mí,  esas ansias de querer ser mejor en todo tiempo,  sin importar el lugar.

     Si hablamos de sentimientos,  pienso y afirmo que es una historia diferente, o lo había sido durante un buen tiempo.  Yo ya había trepado la Gran Muralla China,  había enfrentado a mis demonios y los de él,  y había tenido suficiente tiempo para amarlo y amarme sola porque simplemente no a todos nos llega el amor tan de golpe,  tan macizo y tan definitivo.

     Habían pasado pocos días desde el primer beso y mil palabras de amor se desprendieron de inmediato de mi boca.  Sabía que podía perderlo irremediablemente si continuaba,  pero que más daba,  si igual habría de dejarme tarde o temprano y me era indispensable que llegado el día,  se fuera sabiendo que había causado más que un leve sismo,  un gran remezón en mi vida.

-          ¿Y que si me amaba? Claro que me amaba,  pero él aún lo desconocía. 

     Un hombre enamorado es difícil de ocultar.  Era irreverente como él solo.  Testarudo,  poco confiado y para nada complaciente.  No creía en amores eternos,  ni promesas de para siempres.

     ¡No fue tan malo!.  Al final me llevé la victoria cuando con una llamada y un trato diferente,  rasgó aquella dura faz que temía salir,  para luego embarcarse al viaje de compartir un mismo conjunto universo de una forma tan certera y complaciente,  que desechando el peso y el equipaje que podría ser inútil,  decidimos hacernos a la mar y que sea lo que Dios quiera.

     Nuestra última cita en la ciudad fue sin muchos atavíos.  Era una calurosa tarde de abril,  algunos años después de haber empezado esta relación con mi ahora también mejor amigo,  cuando me comentó que había descubierto un lugar que sabía me encantaría,  a lo que debo resaltar que ha sido el mejor hasta la fecha. 

     Después de una tarde de risas y besos,  me acercó a mi morada,  y tomó mi mano fuertemente mientras me comentaba acerca de su inesperado viaje hacia la ciudad donde nos conocimos.

     Dos días después y finalizada la labor encomendada,  me compartió la noticia de su pronto regreso que se daría en horas de la noche de aquel fin de semana.  Aquel mensaje me apretaba el pecho por la emoción que significaba acortar distancia y pensar en la trama que se desarrollaría básicamente en cómo hacerlo sonreír por milésima vez. 

     El día mostraba una hermosa vista panorámica,  inolvidable e indescriptible,  que brindaba serenidad y calidez;  sin embargo,  por algún motivo poco comprensible a mis sentidos,  mi tierna mascota estaba desarrollando un súbito problema de obediencia durante su caminata diaria.

-          Son los años,  pequeña  -pensé justificándola por su negación y agitación repentina.

     El tiempo de regreso a casa fue más breve de lo considerado,  cuando algo extraño me aisló de lo que pasaba a mi alrededor.  Una puerta corrediza de un edificio se doblegaba suplicante como presintiendo la tragedia que nos tomaría por asalto en este tranquilo atardecer.

     Alguien que transitaba cerca,  me lanzó una suave alerta de sismo.  Mi subconsciente tomó el mensaje y lo archivó,  mientras seguía estremecida ante la imagen de un objeto encorvado por primera vez.

-          ¿Cómo no noté antes este doblez tan raro en la puerta?,  me cuestioné.

     Segundos después detuve mi andar para sentir lo que se decía y constatando que así lo era,  me paralicé nuevamente,  decidiendo no avanzar un paso más hasta que calmase.

     La parte más brutal fue la manera en que el pequeño e imperceptible sismo se violentó,  lo que me llevó a agarrar con todas mis fuerzas a mi mascota,  subirla a nivel de mis brazos,  y  correr en búsqueda de mis padres.  Inexplicablemente,  el sacudón había inmovilizado a todos los animales domésticos que vivían en el vecindario,  y había abierto de par en par las gargantas trastornadas de las señoras.  Acto seguido se oyó una magna explosión que nos encegueció ante el mundo,  arrebatándonos la poca luz que nos quedaba en momentos tan críticos.

     Forcé inconscientemente a mi mascota para que permaneciera sobre sus dos patitas,  mientras mi madre acariciaba mi espalda tratando de consolar mi llanto. Sugiero la posibilidad de que tenía palabras de aliento para sobrellevar aquella situación,  pero algunas memorias no son bastante claras.  La recuerdo serena  -calmándome como si se tratase de una niña pequeña-  al tiempo que mi padre la abrazaba y nos inspiraba a orar.

     Pensamientos fatalistas cruzaban por mi mente en aquel momento,  tales como que quizás había llegado el día en que se destaparían las pestes,  los muertos resucitarían,  no habría despedidas y lo peor es que yo no estaba lista para ese llamado.

-           ¡Perdónanos Dios,  perdónanos!,  fue mi mayor lamento. 

     Había entrado en total pánico,  mientras la tierra continuaba balanceándose e incrementando su movimiento impetuosamente,  provocando caos en cada rincón. 

     Empeoraba el panorama,  los vidrios y cristales provenientes de edificios y ventanas amenazaban con partirse y esparcirse en el ambiente.  Los edificios cercanos se columpiaban como si se tratase de hule.  Grandes piezas de construcción empezaban a caer y obstruir el paso,  golpeando a quien estuviera cercano.  En medio de la desesperación,  y ante la tranquilidad de mis padres, nos movilizamos hacia un parqueadero cercano,  donde ya se encontraban refugiadas varias familias. 

     El sentimiento de desolación creció hasta índices indescriptibles.  La tierra crujía,  gemía,  explotaba,  gritaba,  como pretendiendo dar fin a esta era y amenazando con no dejar nada en pie.  La energía eléctrica era cuestión del pasado.  El miedo nos inundaba.

     En medio de sollozos,  abrazos de desesperación y lágrimas,  el terremoto había finalizado.  Temblorosa y partida a la mitad se encontraba mi alma,  mientras tratábamos de entender lo que había sucedido.  Nadie conocía de nada concreto.  El humo,  las explosiones,  las grandes columnas de polvo,  los desechos que estaban al paso,  los vidrios,  losas,  ladrillos,  todo se había convertido en armas de gran peligro. 

     El vecino de junto durante nuestra prueba de supervivencia,  se había lesionado notoriamente el pie.  Moretones brotaron en ambas piernas,  y se podía observar la gravedad de la fractura por la hinchazón instantánea.  Apoyándose de cualquier objeto a su paso,  suplicaba que busquemos en los alrededores a su hija,  quien durante la catástrofe había estado en el parque central;  sin embargo las noticias no eran nada alentadoras,  ya que se conocía que los edificios del centro,  habían caído en su gran mayoría como si se tratara de un juego de dominó,  tomando varias vidas a su paso. 

     Estábamos susceptibles y sin señal para celulares,  si es que alguno aún lo conservaba en medio de todo el revolú armado.  Parecía haber pasado una eternidad,  aunque realmente desconocíamos la duración de dicho evento;  pudo haber sido un segundo,  un minuto,  una hora,  una década,  lo único cierto es que nada volvería a la normalidad,  pues nada visiblemente lo era.

     Temíamos por réplicas,  por eventos de mayor fuerza,  por si habían vidas que lamentar,  por si teníamos amigos que despedir.  Todo era caos y temor.  Los sonidos de las ambulancias se escuchaban en todos los rincones.  La persona de mayor gravedad entre los del parqueadero,  era el vecino que se negaba a ser atendido por la preocupación que lo embargaba. 

     No teníamos forma de conocer si como consecuencia de este fenómeno habría un tsunami,  y aunque existiera la alerta,   simplemente estábamos en la deriva,  completamente desorientados,  sin comunicación,  sin informativos.  Apenas podíamos ser conscientes de que se trataba de un terremoto,  desconociendo el epicentro y la intensidad con la que se habría presentado.

      Los jóvenes fuimos convocados a ayudar,  gracias  a la intervención de una estudiante de medicina.  Alumna aplicada,  de creencias firmes,  bastante accesible y con mucho corazón para el servicio,  quien hizo de aquel parqueadero un centro de emergencia hospitalaria con apenas unas pocas carpas.

     La orden inmediata fue no entorpecer el trabajo de los rescatistas,  aunque apenas y existía gente preparada.  Era todo un pueblo herido y pocos los que habíamos salido ilesos.  Fue una cuestión de fe,  el ayudar en la búsqueda de los desaparecidos y tratar de encontrar o elaborar herramientas que nos ayuden en el rescate de amigos y hermanos.  Después de todo,  la tierra nos había enseñado a golpes,  que teníamos un mismo palpitar y que debíamos socorrernos los unos a los otros.

     Había también quienes se dedicaban a tranquilizar a los más pequeños y a consolar a aquellos que habían perdido a sus seres queridos.  No importaba si éramos blancos,  negros,  rubios,  indígenas,  altos,  bajos,  gordos o flacos,  a todos nos dolían las pérdidas,  a todos nos lastimaba la partida inesperada de nuestros compatriotas.

     Nuestras ropas estaban rotas y sudorosas.  Nuestros rostros un tanto sangrantes y otro tanto blancuzcos por el polvo que se desprendía de los lugares.  No había agua,  curitas,  vendas,  pomadas,  camillas,  o personal que abastecieran ante colosal emergencia.  Los gritos de lamentación,  de dolor,  de impotencia y de miedo no cesaron ni un instante.

      Las horas pasaban y aunque el cansancio se apoderaba de todos,  nadie podía permanecer en calma en medio de tanto sufrimiento.  De las ciudades cercanas empezaban a llegar donaciones como agua embotellada,  medicinas,  ropa,  carpas,  estudiantes con sus instrumentos estériles,  doctores,  bomberos,  rescatistas,  representantes empresariales,  voluntarios en general,  quienes sabían que sus manos y conocimientos nos eran útiles en momentos tan espinosos.

     Nadie  -ni voluntario,  ni afectado-   podía volver a derramar lágrimas,  exclamar un gemido,  e incluso quebrantarse.  Las horas vividas no podían verse empeoradas,  ya que existía suficiente desesperación como para seguir sumando pánico. 

     Los estudiantes de medicina tomaban los cuerpos rescatados para humanizarlos,  vestirlos,  y adecuarlos para el respectivo reconocimiento.  No importaba la edad o el sexo,  ellos solo debían proseguir y tratar de que el brusco final que había alcanzado aquel ser,  se minimice y así reducir un poco el quebranto emocional de sus parientes al retirarlos.

     La escasez de agua y el clima implacable dificultaban las tareas de rescate.  La ayuda internacional se hacía visible.  El trabajo de los uniformados se veía reflejado en la recuperación de cuerpos,  socorro a los sobrevivientes,  brindando seguridad,  censando zonas devastadas y entregando suministros y víveres.  Las telefonías celulares intentaban trabajar en su máximo nivel para que pudiésemos mantener el contacto con nuestros seres queridos.  Las oraciones se empezaban a viralizar alrededor del mundo.

     Habrían pasado un par de días desde lo ocurrido y no había podido contactarme con mi gran amor.  Casi no había dormido,  ni comido pese al gran desgaste existente.  Estaba muy segura de que la aerolínea habría cancelado el vuelo,  sin embargo quería saberlo de su propia boca.  Al marcar su número,  la operadora manifestaba estar fuera de cobertura,  por lo que imaginé que la emergencia no permitía que mi línea celular agarre señal suficiente para comunicarnos;  también marqué a su casa pero no obtuve respuesta alguna.

     Hacía un tanto de frío en aquella ciudad que fue testigo del flechazo que cupido salvajemente me había dado,  incluso en determinadas épocas del año se podía contemplar granizo,  por ello y debido a sus frecuentes viajes de negocios,  le había regalado una bufanda de lana en tonos que iban desde el café hasta el beige.  Muy linda y elegante para alguien de su porte y profesión.

     En fin,  el trabajo no paró ni un segundo y ya sumaba el tercer día de rescates.  El aeropuerto era el siguiente punto en la evacuación de escombros para facilitar el ingreso de la ayuda internacional;  por suerte  -si es que así puede ser llamada una desgracia mínima en comparación a otros sectores-  solo hubo un herido y un fallecido,  debido a que la torre de control se había desplomado como resultado del terremoto de gran magnitud. 

     Durante la inspección del que había sido hasta hace poco el mejor aeropuerto de la provincia,  se nos informó que evitemos la sala de espera,  ya que el fallecido aún yacía allí esperando a que alguien se acercara a reclamarlo.  Los documentos del difunto habían sido tomados por uno de los guardias de seguridad y pronto sería trasladado a una de las carpas a que lo adecuaran para sepultarlo de inmediato y evitar alguna emergencia sanitaria mayor a la que ya se estaba viviendo.  Con mascarillas,  y en la medida de lo posible con guantes,  cinco muchachones envolvieron al pobre individuo sobre una manta blanca,  cubriendo principalmente su rostro desfigurado por el golpe sufrido con parte desprendidas de la torre de control.

     Horas después,  mientras trataba de actualizar la cantidad de niños extraviados desde una carpa ubicada en el parqueadero,  aparece la Sra. Viviana de manera inesperada.  Ella vive en una ciudad a pocos kilómetros de distancia.  Una mujer de corta estatura,  talla elegante,  convicción y muy resuelta al hablar,  de ojos enormes,  y sonrisa perfectamente esculpida,  tan similar a la de su hijo Joel.  Alguna pena garrafal empañaba su rostro,  su piel tan blanca estaba curtida por la pena,  alcanzando un rosáceo enfermizo.

     Me acerqué a ella con gran preocupación y apenas alcancé a sujetarla antes que cayera desplomada entre mis brazos,  mientras me imploraba le dijera sobre el paradero de Joel y si acaso se hallaba conmigo.  Un joven de medicina,  tomó su cabeza y le roció un poco de alcohol para estabilizarla,  mientras el guardia del aeropuerto se me acercaba a hacer entrega de los papeles de Joel quien habría adelantado su vuelo la noche del sábado,  y se hallaba en el aeropuerto al momento del terremoto. 

     Mi corazón no podía distinguir las distintas realidades con las que me había encontrado en tan corto tiempo,  me era imposible asimilar la noticia de que aquel ser que me habría prometido una vida juntos,  habría partido dejándome vacía.  Mi corazón reventó en mil pedazos,  mientras una gama de recuerdos comenzaron a desfilar delante de mí:  su sonrisa coqueta,  sus ojos grandes,  la sensación de su mano al rozar la mía,  su envidiable repertorio.

     Pude oír cómo se rompía cada pieza de mi ser desde adentro,  entonces empezó a desvanecerse la idea de volver a vernos,  mientras se sulfataban los últimos besos impregnados en mi frente y se enfriaba el calor de su regazo en mis recuerdos.

     Sin pensarlo empecé a gritar,  a desvariar,  a llorar,  a golpear todo lo que encontraba al paso en mi afán de comprender que ya no estaba más conmigo,  aquel por quien me había tomado la Muralla China.

     Personas alrededor trataban de tranquilizarme,  pero no los podía escuchar,  era imposible,  había perdido los sentidos.  Un policía me tomó del brazo como si fuese de trapo y me llevó hacia otro lugar,  pidiéndome que guarde la calma. 

-          ¿Cuál calma?,   no podía reconocer,  ni aceptar ninguna orden.

-          Debe ser un mal sueño,   grité y empecé a frotar agresivamente mis ojos. 

     Era terrible la idea de que ya no estaría más,  que me lo habían arrancado,  y que no podría verlo por su estado.  Me estaba matando su partida y no quería consuelo porque nadie podía dármelo. 

     Recuerdo a una de las estudiantes de medicina gesticulando algo,  pero seguía sin entender;  la última imagen que visualicé a lo lejos,  era la de mi suegra siendo atendida mientras abrazaba una bufanda café con beige.  Simplemente me tocó a mí y con este severo apagón se encegueció mi mundo,  crujiendo,  gimiendo y balanceándome como si fuese una réplica que me batía los nervios,  las vísceras y el alma.  

     Mi cuerpo no soportó un minuto más,  deseaba haber muerto y no sentir todo lo que sentía.  Un malestar se apoderó de mí,  entumeciendo mi brazo.  El aire me carbonizaba los pulmones,  y finalmente gemí como un animal sangrante y sin refugio antes de desmayarme.


     Ha pasado un año desde entonces,  hemos recuperado un poco la tranquilidad por aquel momento,  sin embargo y como era de esperarse,  han cambiado muchas cosas;  aunque puedo asegurar que  Joel y yo nunca hemos estado tan juntos,  pensando que su única promesa de para siempres,  sí nos alcanzó para esta eternidad.


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ADAPTACIÓN REALIZADA GRACIAS A LAS VIVENCIAS COMPARTIDAS POR AMIGOS,  AFECTADOS Y VOLUNTARIOS DEL EVENTO.  

EN ESTA CATÁSTROFE QUE TUVO COMO EPICENTRO LA CIUDAD DE PEDERNALES DE LA PROVINCIA DE MANABÍ,  PERDIMOS A 673 HERMANOS ENTRE COMPATRIOTAS Y EXTRANJEROS.  EL TERREMOTO ALCANZÓ LA MAGNITUD DE 7.8 GRADOS EN LA ESCALA DE RICHTER Y SE PRESENTÓ A LAS 18:58 DEL 16 DE ABRIL DEL 2016,  SIENDO UNA DE LAS PEORES TRAGEDIAS QUE HA GOLPEADO NUESTRO PAÍS EN LOS ÚLTIMOS AÑOS.




Imágenes captadas por Carlos Aguirre en Bahía de Caráquez
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"ALGÚN DÍA LES CONTARÉ A MIS NIETOS,  QUE NACÍ EN UN PAÍS QUE SE ABRAZÓ TAN FUERTE,  QUE NUNCA MÁS VOLVIÓ A TEMBLAR",   ANÓNIMO.





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