L
|
Quien creyera que ese primer y único cruce formal de manos, sería el inicio de algo que sobrepasaría nuestros propios planes. No podría expresar cómo el tiempo habría conspirado a nuestro favor y apenas en un santiamén, allí estaba casi desvanecida, apoyando mi cabeza en su regazo mientras besaba mi frente y agarraba mi mano, hablándome lo que había sido su laboriosa semana; en tanto que yo, mantenía mis ojos abiertos cual pórticos, prestando amplia atención a su voz firme, su capacidad de puntuar con esmero cada una de las expresiones, mismas que hacían alarde de su no tan básico léxico.
Ocultamente siempre quise alcanzar
aquellas cualidades y hacerlas propias, deseaba
añadirle un título a su tan común nombre,
quería garantizar que su vida transcurriría junto a la mía hasta el
final de los tiempos, soñaba con hablarle
a mis amigas del descubrimiento realizado,
y ya había empezado a ahorrar para aquella foto que nos tomaríamos en el
sillón del parque, pensando en ubicarla
en el recibidor de nuestro futuro hogar.
El tiempo me regaló desbordantes
alegrías. Vi crecer su entusiasmo por
planificar nuestras vidas cada dos meses,
por concebir nombres creativos a cada hijo felpudo, por reconocer en nuestras miradas la
complicidad de las pequeñas cosas, por
tomar elecciones pensando en los gustos de la otra persona; sin duda,
era una mezcla que calaba positivamente lo más hondo de mi ser y
despertaba en mí, esas ansias de querer
ser mejor en todo tiempo, sin importar
el lugar.
Si hablamos de sentimientos, pienso y afirmo que es una historia diferente,
o lo había sido durante un buen tiempo.
Yo ya había trepado la Gran Muralla China, había enfrentado a mis demonios y los de
él, y había tenido suficiente tiempo
para amarlo y amarme sola porque simplemente no a todos nos llega el amor tan
de golpe, tan macizo y tan definitivo.
Habían pasado pocos días desde el primer
beso y mil palabras de amor se desprendieron de inmediato de mi boca. Sabía que podía perderlo irremediablemente si
continuaba, pero que más daba, si igual habría de dejarme tarde o
temprano y me era indispensable que
llegado el día, se fuera sabiendo que
había causado más que un leve sismo, un
gran remezón en mi vida.
-
¿Y que si me amaba? Claro que me
amaba, pero él aún lo desconocía.
Un hombre enamorado es difícil de
ocultar. Era irreverente como él
solo. Testarudo, poco confiado y para
nada complaciente. No creía en amores
eternos, ni promesas de para siempres.
¡No fue tan malo!. Al final me llevé la victoria cuando con una
llamada y un trato diferente, rasgó aquella
dura faz que temía salir, para luego embarcarse
al viaje de compartir un mismo conjunto universo de una forma tan certera y
complaciente, que desechando el peso y
el equipaje que podría ser inútil,
decidimos hacernos a la mar y que sea lo que Dios quiera.
Nuestra última cita en la ciudad fue sin
muchos atavíos. Era una calurosa tarde
de abril, algunos años después de haber
empezado esta relación con mi ahora también mejor amigo, cuando me comentó que había descubierto un
lugar que sabía me encantaría, a lo que
debo resaltar que ha sido el mejor hasta la fecha.
Después de una tarde de risas y besos, me acercó a mi morada, y tomó mi mano fuertemente mientras me
comentaba acerca de su inesperado viaje hacia la ciudad donde nos conocimos.
Dos días después y finalizada la labor
encomendada, me compartió la noticia de su
pronto regreso que se daría en horas de la noche de aquel fin de semana. Aquel mensaje me apretaba el pecho por la
emoción que significaba acortar distancia y pensar en la trama que se
desarrollaría básicamente en cómo hacerlo sonreír por milésima vez.
El día mostraba una hermosa vista
panorámica, inolvidable e
indescriptible, que brindaba serenidad y
calidez; sin embargo, por algún motivo poco comprensible a mis
sentidos, mi tierna mascota estaba
desarrollando un súbito problema de obediencia durante su caminata diaria.
-
Son los años, pequeña
-pensé justificándola por su negación y agitación repentina.
El tiempo de regreso a casa fue más breve
de lo considerado, cuando algo extraño
me aisló de lo que pasaba a mi alrededor. Una puerta corrediza de un edificio se doblegaba
suplicante como presintiendo la tragedia que nos tomaría por asalto en este tranquilo atardecer.
Alguien que transitaba cerca, me lanzó una suave alerta de sismo. Mi subconsciente tomó el mensaje y lo
archivó, mientras seguía estremecida
ante la imagen de un objeto encorvado por primera vez.
-
¿Cómo no noté antes este doblez tan raro
en la puerta?, me cuestioné.
Segundos después detuve mi andar para
sentir lo que se decía y constatando que así lo era, me paralicé nuevamente, decidiendo no avanzar un paso más hasta que
calmase.
La parte más brutal fue la manera en que el
pequeño e imperceptible sismo se violentó, lo que me llevó a agarrar con todas mis
fuerzas a mi mascota, subirla a nivel de
mis brazos, y correr en búsqueda de mis padres. Inexplicablemente, el sacudón había inmovilizado a todos los
animales domésticos que vivían en el vecindario, y había abierto de par en par las gargantas trastornadas
de las señoras. Acto seguido se oyó una magna explosión que nos encegueció ante
el mundo, arrebatándonos la poca luz que
nos quedaba en momentos tan críticos.
Forcé inconscientemente a mi mascota para
que permaneciera sobre sus dos patitas, mientras
mi madre acariciaba mi espalda tratando de consolar mi llanto. Sugiero la
posibilidad de que tenía palabras de aliento para sobrellevar aquella
situación, pero algunas memorias no son
bastante claras. La recuerdo serena -calmándome como si se tratase de una niña
pequeña- al tiempo que mi padre la abrazaba
y nos inspiraba a orar.
Pensamientos fatalistas cruzaban por mi
mente en aquel momento, tales como que
quizás había llegado el día en que se destaparían las pestes, los muertos resucitarían, no habría despedidas y lo peor es que yo no estaba lista para ese
llamado.
-
¡Perdónanos
Dios, perdónanos!, fue mi mayor lamento.
Había entrado en total pánico, mientras la tierra continuaba balanceándose e
incrementando su movimiento impetuosamente,
provocando caos en cada rincón.
Empeoraba el panorama, los vidrios y cristales provenientes de
edificios y ventanas amenazaban con partirse y esparcirse en el ambiente. Los edificios cercanos se columpiaban como si
se tratase de hule. Grandes piezas de
construcción empezaban a caer y obstruir el paso, golpeando a quien estuviera cercano. En medio de la desesperación, y ante la tranquilidad de mis padres, nos
movilizamos hacia un parqueadero cercano,
donde ya se encontraban refugiadas varias familias.
El sentimiento de desolación creció hasta
índices indescriptibles. La tierra
crujía, gemía, explotaba,
gritaba, como pretendiendo dar
fin a esta era y amenazando con no dejar nada en pie. La energía eléctrica era cuestión del pasado. El miedo nos inundaba.
En medio de sollozos, abrazos de desesperación y lágrimas, el terremoto había finalizado. Temblorosa y partida a la mitad se encontraba
mi alma, mientras tratábamos de entender
lo que había sucedido. Nadie conocía de
nada concreto. El humo, las explosiones, las grandes columnas de polvo, los desechos que estaban al paso, los vidrios,
losas, ladrillos, todo se había convertido en armas de gran
peligro.
El vecino de junto durante nuestra prueba
de supervivencia, se había lesionado
notoriamente el pie. Moretones brotaron en
ambas piernas, y se podía observar la
gravedad de la fractura por la hinchazón instantánea. Apoyándose de cualquier objeto a su
paso, suplicaba que busquemos en los
alrededores a su hija, quien durante la
catástrofe había estado en el parque central;
sin embargo las noticias no eran nada alentadoras, ya que se conocía que los edificios del
centro, habían caído en su gran mayoría
como si se tratara de un juego de dominó,
tomando varias vidas a su paso.
Estábamos susceptibles y sin señal para celulares, si es que alguno aún lo conservaba en medio
de todo el revolú armado. Parecía haber
pasado una eternidad, aunque realmente
desconocíamos la duración de dicho evento;
pudo haber sido un segundo, un
minuto, una hora, una década,
lo único cierto es que nada volvería a la normalidad, pues nada visiblemente lo era.
Temíamos por réplicas, por eventos de mayor fuerza, por si habían vidas que lamentar, por si teníamos amigos que despedir. Todo era caos y temor. Los sonidos de las ambulancias se escuchaban
en todos los rincones. La persona de
mayor gravedad entre los del parqueadero,
era el vecino que se negaba a ser atendido por la preocupación que lo
embargaba.
No teníamos forma de conocer si como
consecuencia de este fenómeno habría un tsunami, y aunque existiera la alerta, simplemente estábamos en la deriva, completamente desorientados, sin comunicación, sin informativos. Apenas podíamos ser conscientes de que se
trataba de un terremoto, desconociendo
el epicentro y la intensidad con la que
se habría presentado.
Los jóvenes fuimos convocados a
ayudar, gracias a la intervención de una estudiante de
medicina. Alumna aplicada, de creencias firmes, bastante accesible y con mucho corazón para
el servicio, quien hizo de aquel
parqueadero un centro de emergencia hospitalaria con apenas unas pocas carpas.
La orden inmediata fue no entorpecer el trabajo
de los rescatistas, aunque apenas y existía
gente preparada. Era todo un pueblo
herido y pocos los que habíamos salido ilesos.
Fue una cuestión de fe, el ayudar
en la búsqueda de los desaparecidos y tratar de encontrar o elaborar
herramientas que nos ayuden en el rescate de amigos y hermanos. Después de todo, la tierra nos había enseñado a golpes, que teníamos un mismo palpitar y que debíamos
socorrernos los unos a los otros.
Había también quienes se dedicaban a tranquilizar
a los más pequeños y a consolar a aquellos que habían perdido a sus seres
queridos. No importaba si éramos
blancos, negros, rubios,
indígenas, altos, bajos,
gordos o flacos, a todos nos
dolían las pérdidas, a todos nos lastimaba
la partida inesperada de nuestros compatriotas.
Nuestras ropas estaban rotas y
sudorosas. Nuestros rostros un tanto
sangrantes y otro tanto blancuzcos por el polvo que se desprendía de los
lugares. No había agua, curitas,
vendas, pomadas, camillas,
o personal que abastecieran ante colosal emergencia. Los gritos de lamentación, de dolor,
de impotencia y de miedo no cesaron ni un instante.
Las horas pasaban y aunque el cansancio
se apoderaba de todos, nadie podía
permanecer en calma en medio de tanto sufrimiento. De las ciudades cercanas empezaban a llegar
donaciones como agua embotellada,
medicinas, ropa, carpas,
estudiantes con sus instrumentos estériles, doctores,
bomberos, rescatistas, representantes empresariales, voluntarios en general, quienes sabían que sus manos y conocimientos
nos eran útiles en momentos tan espinosos.
Nadie
-ni voluntario, ni afectado- podía volver a derramar lágrimas, exclamar un gemido, e incluso quebrantarse. Las horas vividas no podían verse empeoradas, ya que existía suficiente desesperación como
para seguir sumando pánico.
Los estudiantes de medicina tomaban los
cuerpos rescatados para humanizarlos,
vestirlos, y adecuarlos para el
respectivo reconocimiento. No importaba
la edad o el sexo, ellos solo debían
proseguir y tratar de que el brusco final que había alcanzado aquel ser, se minimice y así reducir un poco el
quebranto emocional de sus parientes al retirarlos.
La escasez de agua y el clima implacable
dificultaban las tareas de rescate. La
ayuda internacional se hacía visible. El
trabajo de los uniformados se veía reflejado en la recuperación de
cuerpos, socorro a los sobrevivientes, brindando seguridad, censando zonas devastadas y entregando
suministros y víveres. Las telefonías
celulares intentaban trabajar en su máximo nivel para que pudiésemos mantener
el contacto con nuestros seres queridos.
Las oraciones se empezaban a viralizar alrededor del mundo.
Habrían pasado un par de días desde lo
ocurrido y no había podido contactarme con mi gran amor. Casi no había dormido, ni comido pese al gran desgaste
existente. Estaba muy segura de que la
aerolínea habría cancelado el vuelo, sin
embargo quería saberlo de su propia boca.
Al marcar su número, la operadora
manifestaba estar fuera de cobertura,
por lo que imaginé que la emergencia no permitía que mi línea celular agarre
señal suficiente para comunicarnos;
también marqué a su casa pero no obtuve respuesta alguna.
Hacía un tanto de frío en aquella ciudad
que fue testigo del flechazo que cupido salvajemente me había dado, incluso en determinadas épocas del año se
podía contemplar granizo, por ello y
debido a sus frecuentes viajes de negocios, le había regalado una bufanda de
lana en tonos que iban desde el café hasta el beige. Muy linda y elegante para alguien de su porte
y profesión.
En fin,
el trabajo no paró ni un segundo y ya sumaba el tercer día de rescates. El aeropuerto
era el siguiente punto en la evacuación de escombros para facilitar el ingreso
de la ayuda internacional; por suerte -si es que así puede ser llamada una
desgracia mínima en comparación a otros sectores- solo hubo un herido y un fallecido, debido a que la torre de control se había
desplomado como resultado del terremoto de gran magnitud.
Durante la inspección del que había sido
hasta hace poco el mejor aeropuerto de la provincia, se nos informó que evitemos la sala de
espera, ya que el fallecido aún yacía allí
esperando a que alguien se acercara a reclamarlo. Los documentos del difunto habían sido
tomados por uno de los guardias de seguridad y pronto sería trasladado a una de
las carpas a que lo adecuaran para sepultarlo de inmediato y evitar alguna
emergencia sanitaria mayor a la que ya se estaba viviendo. Con mascarillas, y en la medida de lo posible con
guantes, cinco muchachones envolvieron
al pobre individuo sobre una manta blanca,
cubriendo principalmente su rostro desfigurado por el golpe sufrido con
parte desprendidas de la torre de control.
Horas después, mientras trataba de actualizar la cantidad de
niños extraviados desde una carpa ubicada en el parqueadero, aparece la Sra. Viviana de manera inesperada. Ella vive en una ciudad a pocos kilómetros de
distancia. Una mujer de corta
estatura, talla elegante, convicción y muy resuelta al hablar, de ojos enormes, y sonrisa perfectamente esculpida, tan similar a la de su hijo Joel. Alguna pena garrafal empañaba su rostro, su piel tan blanca estaba curtida por la
pena, alcanzando un rosáceo enfermizo.
Me acerqué a ella con gran preocupación y
apenas alcancé a sujetarla antes que cayera desplomada entre mis brazos, mientras me imploraba le dijera sobre el
paradero de Joel y si acaso se hallaba
conmigo. Un joven de medicina, tomó su cabeza y le roció un poco de alcohol
para estabilizarla, mientras el guardia
del aeropuerto se me acercaba a hacer entrega de los papeles de Joel quien habría
adelantado su vuelo la noche del sábado,
y se hallaba en el aeropuerto al momento del terremoto.
Mi corazón no podía distinguir las
distintas realidades con las que me había encontrado en tan corto tiempo, me era imposible asimilar la noticia de que
aquel ser que me habría prometido una vida juntos, habría partido dejándome vacía. Mi corazón reventó en mil pedazos, mientras una gama de recuerdos comenzaron a desfilar
delante de mí: su sonrisa coqueta, sus
ojos grandes, la sensación de su mano al
rozar la mía, su envidiable repertorio.
Pude oír cómo se rompía cada pieza de mi
ser desde adentro, entonces empezó a
desvanecerse la idea de volver a vernos,
mientras se sulfataban los últimos besos impregnados en mi frente y se enfriaba el calor de su regazo en mis
recuerdos.
Sin pensarlo empecé a gritar, a desvariar,
a llorar, a golpear todo lo que
encontraba al paso en mi afán de comprender que ya no estaba más conmigo, aquel por quien me había tomado la Muralla
China.
Personas alrededor trataban de
tranquilizarme, pero no los podía
escuchar, era imposible, había perdido los sentidos. Un policía me tomó del brazo como si fuese de
trapo y me llevó hacia otro lugar,
pidiéndome que guarde la calma.
-
¿Cuál calma?, no podía reconocer, ni aceptar ninguna orden.
-
Debe ser un mal sueño, grité y empecé a frotar agresivamente mis
ojos.
Era terrible la idea de que ya no estaría
más, que me lo habían arrancado, y que no podría verlo por su estado. Me estaba matando su partida y no quería
consuelo porque nadie podía dármelo.
Recuerdo a una de las estudiantes de
medicina gesticulando algo, pero seguía
sin entender; la última imagen que
visualicé a lo lejos, era la de mi
suegra siendo atendida mientras abrazaba una bufanda café con beige. Simplemente me tocó a mí y con este severo apagón se encegueció mi
mundo, crujiendo, gimiendo y balanceándome como si fuese una
réplica que me batía los nervios, las
vísceras y el alma.
Mi cuerpo no soportó un minuto más, deseaba haber muerto y no sentir todo lo que sentía. Un malestar se apoderó de mí, entumeciendo mi brazo. El aire me carbonizaba los pulmones, y finalmente gemí como un animal sangrante y sin refugio antes de desmayarme.
Mi cuerpo no soportó un minuto más, deseaba haber muerto y no sentir todo lo que sentía. Un malestar se apoderó de mí, entumeciendo mi brazo. El aire me carbonizaba los pulmones, y finalmente gemí como un animal sangrante y sin refugio antes de desmayarme.
Ha pasado un año desde entonces, hemos recuperado un poco la tranquilidad por aquel
momento, sin embargo y como era de
esperarse, han cambiado muchas cosas; aunque puedo asegurar que Joel y yo nunca hemos estado tan juntos, pensando que su única promesa de para
siempres, sí nos alcanzó para esta
eternidad.
-----
ADAPTACIÓN REALIZADA GRACIAS A LAS VIVENCIAS COMPARTIDAS POR AMIGOS, AFECTADOS Y VOLUNTARIOS DEL EVENTO.
EN ESTA CATÁSTROFE QUE TUVO COMO EPICENTRO LA CIUDAD DE PEDERNALES DE LA PROVINCIA DE MANABÍ, PERDIMOS A 673 HERMANOS ENTRE COMPATRIOTAS Y EXTRANJEROS. EL TERREMOTO ALCANZÓ LA MAGNITUD DE 7.8 GRADOS EN LA ESCALA DE RICHTER Y SE PRESENTÓ A LAS 18:58 DEL 16 DE ABRIL DEL 2016, SIENDO UNA DE LAS PEORES TRAGEDIAS QUE HA GOLPEADO NUESTRO PAÍS EN LOS ÚLTIMOS AÑOS.
![]() |
| Imágenes captadas por Carlos Aguirre en Bahía de Caráquez |
"ALGÚN DÍA LES CONTARÉ A MIS NIETOS, QUE NACÍ EN UN PAÍS QUE SE ABRAZÓ TAN FUERTE, QUE NUNCA MÁS VOLVIÓ A TEMBLAR", ANÓNIMO.



No hay comentarios:
Publicar un comentario