El sol brillante se dejaba ver desde un orificio de la puerta de
la habitación de Tina, una pequeña de complexión delgada, un peculiar gorro
tejido con hilos de colores fácilmente combinable, y una dulce sonrisa que
dejaba a la luz sus pequeñas piezas dentales de leche, característicos de su tierna
edad.
Su
padre un hombre de gran estatura, cuya cabellera reflejaba un brillo plata por
los años vividos, y una mirada tierna que demostraba la bondad que había en su
corazón, era quien
despertaba con un dulce beso a la pequeña, y la ayudaba a desayunar y elegir
qué vestir antes de llevarla al instituto; así fue desde que ella lo recuerda,
así era desde que la madre de Tina fue arrebatada por una fatal enfermedad que
no dio pie a despedidas.
La situación económica existente y la crisis que enfrentaba la
diminuta familia en pleno noviembre, había logrado crear un declive en los
negocios de su padre, razón por la que la pequeña debía vivir de forma
indefinida en aquel instituto hasta que él se restableciera y poder compartir
más tiempo con su hija adorada. En este lugar, la niña compartía a diario con
otros amiguitos, pero sin duda, su preferido era un pequeño al que llamaba
Poncho; un niño de su edad, piel oscura, cabello corto, e inmensos ojos, que
siempre iba a visitarla en sus sueños, para emprender presurosos mil aventuras
que la hacían recobrar fuerzas en cada nuevo amanecer.
Las mañanas en el instituto resultaban largas y desabridas, con aquel sin sabor que provocaba a Tina, la ausencia de su padre “Daniel”; quien aunque lejano, le hacía notar su amor
con pequeños detalles que ella encontraba en el velador de madera, situado junto a su cama.
- “¿Qué nos cuenta de nuevo Poncho?”, preguntó una de las señoras que trabajaba en
el lugar por casi una década. Los
pequeños y adultos solían llamarle Sra. Elba,
no por su edad, sino por el
respeto y la simpatía que causaba entre las personas que la rodeaban. Ella se había convertido en alguien infaltable
en los eventos realizados por el instituto,
sea por cultura o solidaridad,
siempre estaba presente para compartir o contribuir en lo que la
necesitasen, jugando un papel importante
en la vida de los pequeños, ya que era
quien mostraba más apego y comprensión,
de aquel que sólo una madre podría brindar.
- “Anoche estuve con mamá”,
respondió la pequeña.
Atónita por la réplica, y
conociendo de la ausencia de la madre de Tina,
la Sra. Elba se sentó junto a ella para indagar un poco más acerca del
sueño de la pequeña, pero nada obtuvo ya
que Tina solo pudo mantener una sonrisa por el encuentro del que había sido
partícipe.
En general, Tina estaba rodeada
de personas muy valiosas que la cuidaban, heredaban valores, le trazaban sueños, pero siempre le recordaban que debía vivir y entregarse a sus emociones un
paso a la vez.
- "Después de todo, Roma no se hizo en un día", le
comentó en algún momento Carlos, un joven de unos 27 años que laboraba por
horas en el instituto. Él era muy jovial, y hábil jugando el
"chantón", y era el centro de admiración de muchos pequeños al momento de
escribir palabras complejas en la menor cantidad de tiempo posible. Carlos era
de aquellos que amaban su profesión, y siempre había preferido trabajar con
niños, al sentir que su vida se alargaba
con las sonrisas y la ingenuidad de los pequeños que lo rodeaban.
La compañera de habitación de Tina, tenía por nombre Verónica, una chiquilla de 5
años que se caracterizaba por su elocuencia y pericia al mover sus manitas,
como gesticulando a cada instante todo lo que su boca pronunciaba. Para Tina, sus artes de oradora le bosquejaban un magno
camino hacia los medios televisados,
haciéndose a la idea de que su amiga crecería y podría trabajar en
televisión junto a Doraemon, o que
quizás podría verla con apuntes en mano y un globo terráqueo, indicando el
momento en que serían emitidas las noticias internacionales.
Tina solía inducir a su amiga a la realización de este sueño, para que llegado el día y cuando fuesen
adultas, ambas pudiesen salir a comer un
helado enorme de los que vende el señor de la esquina del instituto, y conversar temas complejos como lo dificultoso
que es para los pitufos vivir bajo la sombra de los hongos, y demás temas propios de su niñez que
acaparaban su atención la mayor parte del día.
El vaivén de las horas -junto
a las ocurrencias de las pequeñas- era irrefutablemente
divertido, mas lo cierto es que Tina realmente
extrañaba a su padre. Don Daniel era de aquellos
hombres con el alma de niño, que pasó
los cortos años de vida de Tina,
inculcando con el ejemplo lo valioso de abrazar a un amigo sin motivo
aparente, sonreír ante las
adversidades, o compartir unos minutos
con alguien que en aprietos se encuentre para calmar su desasosiego. Pero por sobre todo, su progenitor supo cultivar en ella la semillita de la fe, para
aun cuando los momentos fuesen difíciles,
saber esperar con paciencia fundida de hierro, a aquellos planes que solo la vida, el destino y Dios saben que nos deparan.
Noviembre lucía intermitente y cercano a su final, y el instituto
estaba como siempre, lleno de niños en cada área, ya sea en los dormitorios, el
comedor o en la pequeña capilla que había en aquel lugar. Diciembre venía presuroso con sus villancicos,
dulces lloviznas, y olor a chocolate recién hecho. Tina, como toda pequeña de
su edad, soñaba con la noche en que Santa llegase hasta su morada, imaginando desde
ya, el sonido de los cascabeles que
marcarían la ruta del trineo por todos los hogares del mundo.
Tina estaba segura de que él, era tal y como lo describían los
cuentos, un ser bonachón, con unas libras de más, y de carcajada
estruendosa. Anhelaba tener la
oportunidad de ver con sus propios ojos, a los audaces renos surcando por todo
el cielo. Sin embargo, no era eso lo que inquietaba a la
pequeña, ya que tenía dos peticiones
como deseos de Navidad, y es que deseaba con todas las fuerzas de su corazón, poder dar una vuelta en el trineo, y visualizar las estrellas tan cerca como
fuesen posible para comprobar su inmensidad,
tal como Poncho le había rumorado
en una de sus pláticas nocturnas.
Fue así como decidió llevar a cabo un extenuante plan para el
arribo de Santa, que comprendía desde su ingreso al instituto, las bebidas que
neutralizarían su sed y la de sus renos, y el tipo de galletas que han de
preferir. Un calendario viejo y
decolorado hallado por ahí, se convirtió en el fiel compañero de Tina, desde
que comenzó su aventura de prepararlo todo.
El itinerario era un tanto complejo para alguien de su edad, sin embargo iba a ser efectuado a rajatabla
así fuese por breves minutos o lo que dure la permanencia de Santa en el
instituto; en realidad aquello no
importaba, lo realmente significativo era poder compartir con él, y contarle
acerca de sus deseos de Navidad, en los que estaba incluido su salida en trineo
en un viaje por las estrellas.
El segundo de sus deseos no era algo ostentoso, mas el sueño le
arrancaba. Esto de cultivar la fe en un
pequeño ser, había logrado que ella deje de soñar y actúe inimaginablemente por
alcanzarlo. Deseaba de todo corazón
cumplir sus sueños, al mismo tiempo que
esperaba que su padre la visitase aquel día para otorgarle la oportunidad de
que él también conozca a Santa.
Es a bien conocida la popularidad que llevaba sobre sus hombros
Papá Noel en sus viajes por el mundo entero,
de sitio en sitio, de hogar en
hogar, instituto en instituto para
entregar obsequios y cumplir los deseos de los niños y niñas que se han portado
bien durante todo el año. Estaba por demás justificada la razón por la
cual la pequeña Tina había centrado sus ojitos adormilados en él, ya que sin duda consideraba haber cumplido
con los lineamientos que rigen en la sociedad y que separa un niño malcriado, de uno que no lo es.
El canto del gallo “Emanuel” era el indicio de que algo bueno
estaba por venir. Tina con un
brinco, y muy entusiasmada en sacar el
máximo provecho de cada segundo del día,
se apresuró a cepillarse los dientes,
enjuagar su pálido rostro y ponerse su gorrito de colores -para
así junto a Verónica- maquinar con
dedicación cada táctica que harían que este infalible plan, fluya de la forma adecuada.
El primer paso fue escribirle una carta a Santa, era obvio que debía empezar por ahí, ya que el protocolo demandaba que la
solicitud se realizase por escrito en primera instancia; aunque la verdad, este tipo de asuntos ponían en aprietos a
Tina y Verónica, ya que apenas y empezaban
a reconocer las vocales, por ello
tuvieron que ir en búsqueda de Carlos para que las ayudase. Sin duda,
él era la persona indicada para redactar una carta, misma que contenía el siguiente texto:
“Querido Santa,
Te escribimos para que no
te olvides de pasar a visitarnos a Verónica y a mí en el Instituto. No queremos juguetes este año, la verdad tenemos suficientes. Sólo tengo una petición especial… Bueno de hecho son dos.
También te presentaré a papá.
Tendremos galletas y bebidas que la Sra. Elba preparará.
P.D. Si puedes, por favor dinos
¿Qué sabor de galletas prefieren los renos?
Con amor,
Tina”
El trajín del día estaba terminando, y como resultado todo el
personal del instituto se encontraba fatigado
-aunque visiblemente- éste había
sido mucho más agobiador para las pequeñas.
Después de tanto ir y venir se quedaron dormidas una junto a la
otra. Tina tenía en una de sus manos la
carta, mientras que en la otra llevaba
una bandita rosa para ocultar una pequeña laceración que se hizo durante el día
en una de sus actividades.
La vida en el instituto no era del todo aburrida, aunque si podría describirse como dolorosa
para cualquier pequeño, pues la
distancia removía en ellos el sentimiento de nostalgia que ocasionaba este mes
de unión y desapego a los materialismos;
sin embargo sabían que este espacio de tiempo, constituía una prueba de vital importancia para
crecer con un mejor porvenir.
Cuán irónica es la vida y tal complejidad la envuelve, que para
brindarle lo mejor a sus criaturas, los
padres deben auto destruir su vínculo familiar físico, y encargarlo con
personas ajenas, para obtener el tiempo suficiente y producir el dinero con el
que sus necesidades se vean satisfechas.
Por otra parte, dormir plácidamente
aparentan los chiquillos del instituto;
sin embargo, la travesía para
Tina no termina y una vez más, Poncho se
hace presente en sus sueños.
- “¡Estoy segura que Santa llegará al instituto!”, le comentó emocionada Tina.
- “Está bien… ¿Pero y si no viene?,
recuerda que no tenemos mucho tiempo”, le reiteró Poncho.
- “Mi papá dice que si lo deseamos de corazón, se cumplirá”, replicó Tina antes de ser despertada
súbitamente.
---
- “Princesita despierta, ¡Te
amo!”, susurró Don Daniel, y besó su frente como había acostumbrado desde
que la infante a su vida llegó.
“He venido a verte”, le dijo mientras ella se
despertaba de su profundo sueño lentamente.
Una nublada mañana de domingo era el escenario para un encuentro
familiar, ya que hace días, varios inconvenientes relativos a la salud copaban
el tiempo de Don Daniel por demás. Sin
palabras aparentes pero con gran apremio, la niña se abalanzó hacia su padre para
besarlo y recibirlo, luego de verlo por segunda
vez desde que ingresó al instituto.
- “Siéntate chiquita, déjame y te
pongo tus pantuflas nuevas”, le dijo su padre mientras
le probaba su regalo.
La pequeña sonrió encantada por su obsequio, y le alcanzó la carta
que habían escrito a Santa, para que su progenitor tomase conocimiento del
evento de bienvenida que ella estaba organizándoles. Él, a más de prometerle su asistencia, le aseguró que dicho día sería el último que
ella pasaría allí, pues ya estaba todo
preparado para su regreso a su pequeño hogar.
La tarde amenazaba con terminar,
y el tic-tac del reloj se dejaba oír en la corta despedida de Don Daniel
y Tina. Antes de que su padre se
retire, la niña guardó la carta en el
bolsillo de su camisa, haciendo que se comprometa
con enviarla hasta el Polo Norte, que es
donde habita Santa, a fin de que llegue
al homenaje que le estaban organizando en el Instituto a como de lugar.
Tina y Verónica compartieron unos minutos
antes de ser llamadas a descansar a sus habitaciones, y concluyeron que sería genial si aprendiesen
a escribir para redactar una carta más personal y entregarla a Santa el día de
la visita. Además, acordaron dibujar un par de retratos, que serían entregados como obsequios a Papá
Noel, para que las recordase siempre.
Al día siguiente -a primera hora- y tan pronto les fue permitido abandonar sus
respectivas camas, empezaron con las
clases de escritura dictada por su amigo Carlos, experto en la materia. Las clases intensivas se llevaban a cabo en las mesitas ubicadas en las áreas verdes
junto a los dormitorios, y así los tres
a más de aprender, también aprovechaban los
primeros rayitos del sol de la mañana para fortalecer sus tiernos huesitos.
Copando recesos y diminutos descansos, las infantes practicaban su caligrafía
trazando letras, luego nombres e incluso
lograban escribir pequeñas oraciones,
que conservaban los rasgos imperfectos y enredados que su corta edad les
reflejaba.
El tan ansiado día había llegado y el
calendario mostraba garabatos realizados con pinturitas para destacar la importancia
que debía tener el gran día. Era veinte
y cuatro de diciembre y sin duda la jornada más cansada se vivía aquel
día, ya que estaban sólo a horas del tan
esperado evento de bienvenida. Las
galletas fueron hechas de espinaca para los renos y de vainilla para los
invitados, también había una fuente de
chocolate caliente para su acompañamiento.
En este evento que nació de la mente de dos pequeñas, terminó incluyéndose todo el instituto, quienes trabajaban paralelamente para cumplir
el sueño de las chiquillas que deseaban conocer a Santa y pedirles
personalmente sus deseos, mismos que
habían transcrito en un pequeño pedazo de papel.
Debido a los esfuerzos sobrehumanos de las
pequeñas, ambas cayeron rendidas ante el
cansancio, esperando que quizás
Carlos, la Sra. Elba o Don Daniel las
despertasen en cuanto llegara Santa. Mientras
tanto, aprovechando el descanso de los
niños y niñas del instituto, los adultos
se esmeraban en arreglarlo todo para que el invitado arribe.
Uno de los padres de familia, en vista de la algarabía suscitada entre los
pequeños por la llegada de tan magno personaje,
ofreció suplantar momentáneamente la identidad de Santa, para brindar
amor y alegría en un día tan especial para cada uno de ellos. Su disfraz fue lo suficientemente elaborado
para simular los kilos de más y su larga barba platina que fue diseñada con
mucho esmero por la Señora Elba, en la
que sólo dejaba entrever las mejillas de nuestro querido e improvisado Papá
Noel.
Media noche marcaba el reloj, y enternecido por el apoyo de cada uno de los
amigos de su hija, Don Daniel procedió a
acercarse a la cama de la pequeña, para besarle
la frente e intentar despertarla.
- “¡Despierta princesita, Santa está aquí!”, exclamó suavemente
el padre a su pequeña hija.
Por los pasillos, todos los niños gritaban de alegría al saber
de la buena nueva, Santa había cumplido
su promesa y allí estaba compartiendo sonrisas y entregando obsequios a los
pequeños. Sin embargo, algo raro pasaba en la habitación de Tina.
Don Daniel,
su padre, tomó su mano en la que
aún llevaba puesta su bandita color rosa,
y le besó por reiteradas ocasiones la frente, pero algo había salido mal, ésta vez la táctica no arrojaba ningún
resultado.
De pronto, la alegría por la visita del
astuto Santa se vio opacada por un grito desgarrador que provenía desde
cuidados intensivos. Los médicos de
guardia, la Sra. Elba y Carlos fueron presurosos a ver lo que sucedía, ante el grito desconsolado de un padre que
inútilmente clamaba al cielo, le permita
despertar una vez más a su princesita.
Sin embargo, toda petición y todo
intento por reanimarla fueron inservibles.
El instituto de Oncología había perdido a otra de sus pequeñas luchadoras en una batalla sin precedentes, en la que la soñadora criatura estaba siendo gravemente afectada por una metástasis que finalmente le había ganado la pelea en tan empedrado caminar. La pequeña habría heredado la enfermedad catastrófica que un día le arrebató a su madre, y que ahora en plenas fiestas, enluta nuevamente a su padre, quien entregó todo lo que tenía por ver a su pequeña tranquila hasta el día en que su luz se encendiese eternamente en el firmamento. La princesita había abandonado su castillo, irrumpiendo brutalmente los sueños de su rey.
El instituto de Oncología había perdido a otra de sus pequeñas luchadoras en una batalla sin precedentes, en la que la soñadora criatura estaba siendo gravemente afectada por una metástasis que finalmente le había ganado la pelea en tan empedrado caminar. La pequeña habría heredado la enfermedad catastrófica que un día le arrebató a su madre, y que ahora en plenas fiestas, enluta nuevamente a su padre, quien entregó todo lo que tenía por ver a su pequeña tranquila hasta el día en que su luz se encendiese eternamente en el firmamento. La princesita había abandonado su castillo, irrumpiendo brutalmente los sueños de su rey.
La pequeña Verónica lloraba junto al féretro
de su inseparable amiga, sin entender
por completo que quizá era la última vez que podían verse, sin comprender que de esa historia de amor
fraternal, sólo quedarían las largas
conversaciones mientras esperaban sus tratamientos paliativos, y que ya no compartirían sus banditas rosas
para ocultar las heridas y moretones que les marcaba las jeringas en sus
manitas. La vida le estaba enseñando a
ser fuerte a costa del dolor y ahora era ella quien debía enfrentar sola la
enfermedad.
Los Doctores de cabecera, la Sra. Elba y Carlos, no podían comprender como alguien quien
apenas podía sobrellevar tan pesada enfermedad,
pudo preparar la llegada de Santa con tanta entrega y ahínco. La realidad de tan feroz padecimiento, que se ensaña abruptamente con sus
víctimas, sin fijarse en fechas, ni calendarios.
Mientras tanto, Don Daniel,
aún con lágrimas en los ojos, luego
de los protocolos de rigor y recogiendo los pequeños enseres de su hija, encuentra sobre la mesita de noche, una hoja que tenía un retrato hechos con crayones, que mostraban a una niña con un gorrito de
colores tomada de la mano de un señor alto, con cabello teñido de crayola color
blanco, y al otro extremo tenía de la
mano a un niño de su misma estatura, con
la piel coloreada con crayón marrón, de ojos inmensos, y de amplias alas. Aquella era la pinturita que la pequeña
pensaba entregarle a Santa, y que contenía
un pequeño texto en la parte trasera que decía:
“Querido Santa,
Poncho me ha dicho que debemos irnos a un
lugar donde podré ver las estrellas junto a mi mamá. Te prometo que me portaré bien, estoy muy feliz por conocerla.
Tengo un único deseo, no dejes olvidar a papá lo mucho que lo amo.
Tina.”

No hay comentarios:
Publicar un comentario